Aunque es comprensible que toda la atención del país esté hoy puesta en quién ganará la segunda vuelta de esta reñida elección presidencial, la verdadera preocupación debiera estar en qué tipo de país tendremos a partir del lunes 20 de diciembre. Lamentablemente, hay más razones para estar preocupados que para estar optimistas. Desde el estallido social, los chilenos parecen más interesados en hablar de cuáles serán sus derechos que de cuáles son sus responsabilidades. Porque el país jamás alcanzará los niveles de desarrollo y bienestar que todos queremos si privilegiamos los derechos por sobre las responsabilidades, es preocupante ver como mucha gente cree que una elección presidencial o una nueva constitución son una píldora mágica que puede remplazar a las décadas de trabajo, esfuerzo y privaciones que se requieren para poder construir un país desarrollado con un estado de bienestar.

Porque la victoria del domingo dependerá de qué tanta gente participe y de qué grupo vote en mayor cantidad (jóvenes por Boric y mayores por Kast, Santiago por Boric y regiones por Kast, aquellos que quieren más derechos sociales por Boric y los que quieren ley y orden por Kast), hay bastante incertidumbre sobre lo que pasará el domingo. Pero, como siempre ocurre en las elecciones, por la noche habrá algunos que celebrarán y otros que deberán morder el polvo de la derrota. El candidato ganador prometerá que será el presidente de todos los chilenos y, al día después, comenzará la especulación sobre quiénes formarán parte del primer gabinete.

A diferencia de contiendas anteriores, esta vez habrá también mucha incertidumbre respecto a qué hará el próximo presidente. En síntesis, nadie sabe si el próximo presidente gobernará con su plataforma de segunda vuelta o intentará volver a los principios y valores que defendió en primera vuelta. En ambos casos, habrá un alto nivel de insatisfacción y desafección entre aquellos que votaron esperanzados por lo que prometió el candidato ganador en primera vuelta y los que se sumaron a esa opción por la moderación que mostró el candidato en segunda vuelta.

Aunque parece más razonable, y mejor para el país, que el próximo presidente decepcione a los más extremistas de sus bases, hay buenas razones para creer que el nuevo gobernante se sentirá más cómodo hablándole a su sector que hablándole a todo el país. Después de todo, teniendo la oportunidad de haberle hablado a todo el país, centraron su campaña inicialmente en predicarle a los que pensaban como él. La travesía hacia la moderación fue impuesta por la lógica de segunda vuelta. Fue una especie de matrimonio por conveniencia. Pero así como el Príncipe Carlos volvió a Camilla Parker Bowles después de haberse casado por conveniencia con Diana Spencer, el próximo presidente también enfrentará la tentación de volver a su primer amor. La cabra tira al monte, dicen.

Como si ese riesgo no fuera menor, el próximo presidente deberá enfrentar a una convención constitucional que siente que su mandato es muy distinto al mandato que recibirá el próximo presidente. Mientras la segunda vuelta obliga a la moderación, la mayoría de la convención constitucional está claramente cargada a la izquierda. Independientemente de quién sea el presidente, la convención querrá amarrar al futuro gobierno —y a los que vendrán después— a un programa que garantice la ampliación del Estado de bienestar. Como la necesidad de buscar financiamiento para el enorme aumento en el gasto público estará en manos del gobierno y no de la convención, los convencionales tendrán la libertad de firmar innumerables cheques sin fondo. Total, después siempre podrán acusar al gobierno de inepto por no haber sido capaz de convertir esas promesas en realidad. La constitución arbolito de pascua será un dolor de cabeza para las cuentas fiscales mucho mayor que cualquier impacto negativo que pueda tener la elección del domingo en el futuro del país.

De hecho, a partir del lunes, el conflicto político y social en Chile se trasladará a un creciente enfrentamiento entre el presidente electo, que querrá gobernar, y la convención constitucional, que querrá ponerle una camisa de fuerza y limitar sus poderes. Si el ganador es Kast, el enfrentamiento será inmediato y, probablemente, tendrá un masivo componente de expresiones antidemocráticas entre aquellos que rechacen reconocer a Kast como un mandatario legítimamente electo. Si gana Boric, la confrontación con la convención será más gradual y dependerá de si Boric quiere asumir de facto la condición de presidente o si él se contenta con ser un líder de transición que permita a la convención constitucional decidir cuáles serán las modificaciones institucionales, pero también de política pública que tendrá el país en los próximos años.

Cualquiera sea el resultado del domingo, hay que asegurarse bien los cinturones de seguridad porque se vienen turbulencias mayores y más complejas en el país en los próximos meses.

Por Patricio Navia, sociólogo, cientista político, académico UDP, para El Líbero

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