Me tocó oír el discurso que dio el rector Juan de Dios Vial Correa en el funeral del senador Jaime Guzmán, asesinado hace 30 años por terroristas a los que no tuvo miedo y lo mataron. El entonces rector de la UC le señalaba a la audiencia condolida qué es lo que les decía a ellos el político inmolado desde el más allá: “les dice a uds., a los que nos gobiernan, que todos los hombres pacíficos y laboriosos de esta tierra esperan de uds. firmeza y conducción. Esperan que ataquen la peste del terrorismo. Que no le teman a sus armas. Y que mucho menos le teman a la impopularidad. Nadie puede pedirles que tengan las mismas ideas que tuvo Jaime Guzmán. Pero todos esperan que uds. tengan el mismo coraje que él”.

¡Plop! Caí en lo escaso que está el coraje hoy en política. No hablo del descriterio para salir a enfrentar a militares que cuidan el orden público o publicar tuits que incitan a matar a las autoridades. Me refiero a la fortaleza para ir en contra de la ola, sabiendo que esa marea perjudica a los que supuestamente se busca beneficiar. Al coraje para ser fiel a los principios, para atajar políticas irresponsables, cuyos daños asumirán los más vulnerables. A la valentía para saber perder, sabiendo que no hay victoria si ella exige renegar de sí mismo.

Esta semana esa rendición llegó a su clímax. Cuando vimos al Presidente transar con la oposición, probablemente porque lo amenazaron con una nueva acusación constitucional. Inexplicable negociación, porque la izquierda no podía negarse a aplazar las elecciones del 11 de abril con los actuales índices de la pandemia en el peak, a pesar de lo cual buscó infligirle al gobierno una derrota y exigirle más y más medidas sanitarias y más y más ayudas sociales. Como si en la oposición hubiera mayor expertise para tomar las medidas sanitarias adecuadas o mejor sensibilidad social para determinar los nuevos beneficios económicos. En el Senado pidieron recursos para quienes no están en cuarentena, ampliar el IFE al 80% de la población y bonos para quienes no han sufrido merma de ingresos, como son los pensionados con rentas vitalicias, los con retiro programado, o los del antiguo sistema. En la Cámara, el DC Matías Walker trató incluso, infructuosamente, de aprobar el cierre de todo el comercio no esencial hasta la nueva fecha de las elecciones, incluyendo los lugares que no estén en cuarentena.

La falta de temple perdona cualquier contradicción en la oposición que busca impedir a cualquier precio que este gobierno se anote algún éxito Ni siquiera con el manejo de la vacuna, internacionalmente reconocido. Pero lamentablemente, en las filas oficialistas, el coraje está también en retirada, incluso en sus presidenciales. Eso explica que hasta el jefe de bancada de los diputados UDI haya votado a favor de un tercer retiro y que tengamos dos presidenciable del oficialismo propugnando el tercer retiro y o extraer recursos ahorrados en el seguro de cesantía.

Es más fácil seguir repitiendo que este gobierno no ha hecho nada, que obliga a la gente a rascarse con sus propias uñas, que responder con la impopular verdad de los hechos.

Es cierto que millones lo han pasado mal con la pandemia y volverán a la oscuridad con las nuevas restricciones sanitarias que dejaron al comercio no esencial sin posibilidad de vender por delivery. Pero también es cierto que la economía ha recuperado parte importante de los empleos perdidos en 2020. Según la Encuesta Nacional de Empleo del INE diciembre-febrero, se han recuperado un millón 100 mil puestos de trabajo desde el peor momento de la crisis. Los US$ 6 mil millones de ayuda recientemente anunciados por el gobierno, adicionales a los 12 mil millones acordados con la oposición el año pasado, debieran enfocarse entonces en los que los requieren ayuda y no continuar promoviendo bonos para quienes no han perdido ingresos.

Los políticos saben que las mayores víctimas del encierro, que promueven algunos talibanes, están en el sector informal. Y que éste mayoritariamente no cotiza en las AFP, o está entre esos casi 3 millones de personas que ya sacaron todos sus ahorros para jubilarse en los dos retiros anteriores. Saben también, o debieran conocerlo, que sólo el 15% del 40% de hogares más vulnerables del Registro Social de Hogares cotiza al seguro de cesantía y que a diciembre pasado, casi el 20% de los afiliados tenía cero peso en su fondo de desempleo. No es muy difícil concluir que ni el tercer retiro en 9 meses de las AFP, ni extraer recursos del fondo de cesantía allegarán mayores recursos a quienes más los necesitan.

Pero lo líderes políticos siguen llevando el sistema de pensiones al despeñadero y pretendiendo dejar al 42% de los afiliados con cero ahorro para jubilarse y al fondo de cesantía restarle casi US$7 mil millones, que no estarán disponibles si los trabajadores se enfrentan al desempleo más adelante.

Nadie ignora que los fondos extraídos a las pensiones no fueron mayoritariamente a pagar deudas o consumo, a pesar de que la compra de autos usados se disparó en 65% el mes pasado. Como dijo el presidente del Banco Central, Mario Marcel, “el 62% de los recursos de los dos primeros retiros de fondo no se ha gastado aún”. Están en las cuentas corrientes (con récord histórico de flujo), en depósitos a plazo o en las mismas AFP, pero en la cuenta 2 o el APV. Si hay un porcentaje de los afiliados que necesita sacar sus ahorros, busquemos una solución distinta a la de los retiros para esas personas, pero no busquemos matar una mosca con una escopeta.

Todos quisiéramos no cotizar. Casi todos quienes pueden eludirlo, lo hacen. Todos quisiéramos poder retirar los fondos que hemos ido ahorrando con tanto esfuerzo mes a mes. Y más aún, si lo hacemos sin pagar impuestos (como ocurrió con el primer retiro). Lo mismo ocurre con los fondos de cesantía. Más vale pájaro en mano, y si no queda nada, ya veremos cómo se las arregla en el futuro el Estado.

Hoy no se le puede pedir ni a los políticos de la UDI que piensen como lo hacía Jaime Guzmán. Pero no dirigir los escasos recursos a quienes en verdad los necesitan hoy día es una rendición cobarde al populismo que avergonzaría a su mártir.

Por Pilar Molina, periodista, para El Líbero

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