Así como el plebiscito para iniciar el proceso constituyente no se ganó a partir de una lectura cuidadosa por parte de los chilenos del texto hasta ahora vigente, el plebiscito del 4 de septiembre no se va a ganar a partir de lo que decidan las personas después de leer el nuevo texto constitucional. Los chilenos votaron mayoritariamente por iniciar un proceso constituyente cuando llegaron, equivocadamente por cierto, a la convicción de que un proceso constituyente sería la píldora mágica que solucionaría los problemas del país. Por eso, la única forma de que el Rechazo se imponga el 4 de septiembre es logrando que una mayoría de las personas tenga la convicción de que el texto propuesto por la convención constitucional dista mucho de ser esa píldora mágica que logre que Chile cambie de rumbo y tome el camino correcto para un vigoroso desarrollo que sea inclusivo y para alcanzar la prosperidad.

Los chilenos apoyaron con tanto entusiasmo el proceso constituyente propuesto como solución para salir de la inestabilidad que produjo el estallido social precisamente porque la elite política vendió la nueva constitución como una píldora mágica que solucionaría los problemas del país. No hay que olvidar que la gente salió a las calles en octubre de 2019 para denunciar el abuso, las malas pensiones, la falta de oportunidades y el magro crecimiento económico. La respuesta de la clase política fue apuntar a la constitución de 1980 como la responsable del malestar. Ahí estuvo la primera gran mentira de todo este proceso.

El descontento con la democracia es un fenómeno que se observa también en muchos otros países. Luego, es un error atribuirlo a la constitución de 1980 o al modelo económico. De hecho, el modelo económico que se impuso en dictadura se mejoró considerablemente en democracia y produjo resultados que, ante cualquier comparación objetiva, resultaron ser sustancialmente mejores que los modelos de desarrollos distintos implementados en América Latina en las últimas tres décadas. Es verdad que todavía hay desigualdad, pero la desigualdad había alcanzado sus niveles más bajos justo en los años anteriores al estallido social. Es más, comparado con lo que ocurre en muchas otras democracias comparables, en Chile la desigualdad venía en descenso.

Por eso, es clave entender que la premisa que se usó para justificar el proceso constituyente fue una afirmación falaz. La constitución de 1980 no es ni responsable de todos los males que existen en Chile ni su reemplazo por una nueva constitución va a solucionar esos problemas.

La gente va a votar, igual que en el plebiscito de octubre de 2020 y en las elecciones de mayo de 2021, a partir de sensaciones y emociones.

Pero ya es un poco tarde para echar marcha atrás. Los chilenos se compraron la tesis de la píldora milagrosa y apoyaron mayoritariamente el proceso constituyente en octubre de 2020. Luego, en mayo de 2021, en buena medida porque las reglas del juego del proceso constituyente siempre estuvieron mal hechas, los chilenos escogieron un grupo de 155 convencionales que se caracterizó por su inexperiencia, sus impulsos fundacionales y su falta de rigor y disciplina intelectual. El resultado fue la extensa constitución arbolito de pascua que garantiza todo tipo de derechos y que se extiende más allá de lo razonable. En síntesis, la propuesta de constitución es un texto innecesariamente largo que busca transformar un programa de gobierno en el texto que rija los destinos del país. Como si eso no fuera lo suficientemente malo, la propuesta de constitución también tendrá un costo fiscal enorme, lo que a su vez hará que Chile vuelva a tener el endémico problema de deuda extranjera que históricamente ha afligido a los países de la región.

Pero nada de eso importa mucho ahora que estamos inmersos en la campaña para el plebiscito del 4 de septiembre. La gran mayoría de los chilenos que se molesten en ir a votar ese día no habrán leído cuidadosamente el texto de la nueva constitución ni entenderán las implicaciones de todos los artículos y preceptos enumerados en el texto.

La gente va a votar, igual que en el plebiscito de octubre de 2020 y en las elecciones de mayo de 2021, a partir de sensaciones y emociones. Si las personas creen que el país va en la dirección correcta, votarán Apruebo. Si en cambio creen que el gobierno —que es claramente partidario del Apruebo— lo está haciendo mal y que el país va en dirección equivocada, entonces tendrán serias dudas de que la nueva constitución sea la píldora mágica que se les prometió al iniciarse el proceso constituyente. Eso hará que tengan una mayor predisposición a votar Rechazo.

Por eso, resulta inútil invitar a la gente a leer el texto de la constitución. Las personas que se molesten en leer la propuesta de constitución entenderán lo que quieran entender a partir de sus propios sesgos ideológicos previos. El número de personas que decida su voto a partir de una lectura cuidadoso del texto es muy reducido. La gran mayoría de las personas decidirá cómo votar en el plebiscito a partir de su percepción sobre el rumbo en el que avanza el país. Los que creen que el país va por el camino equivocado —porque hay alta inflación o porque rechazan el desempeño del gobierno de Boric— tendrán más posibilidades de votar por rechazar la propuesta de nueva constitución.

Por Patricio Navia, sociólogo, analista político y profesor de la UDP, para El Líbero

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