Es poco lo que tiene cada chileno para defender el sistema económico-político y social que ha funcionado, o bien, en el anverso, para destruirlo considerando que es desigual, injusto y 20 adjetivos más que se escuchan en la propaganda electoral. Un solo voto con el que cada persona elegirá un constituyente para levantar algo mejor, o peor. Para mejorar aquello que se puede optimizar o bien para reescribirlo todo, idealizando sistemas que no han funcionado en ninguna parte del mundo, pero venden ilusiones de justicia y terminan perpetuando la pobreza. Y lamentablemente, casi siempre de la mano con la supresión de la libertad. Fue la experiencia del socialismo en el siglo pasado y también del que se ha denominado socialismo del siglo XXI.

La elección de la Convención Constituyente el próximo fin de semana es LA oportunidad para que se movilicen las personas que creen que, cualquiera sean los cambios, deben hacerse con libertad, sin violencia y con apego a las reglas. Hay 5 días por delante para persuadir a aquellos amigos que todavía creen que la Constitución puede transformar a los países en inclusivos, justos y desarrollados y explicarles que ninguna puede garantizar eso y que el mayor riesgo está en lo contrario: que una nueva Carta Fundamental lo impida precisamente.

No habrá desarrollo para este país sin un horizonte quieto, sin un Estado de Derecho garantizado, sin un Estado que no se apropie de las riquezas de las personas para erigirse él en el eje de la economía y las prebendas. Los capitales volarán y cruzarán raudos los mares si se legisla perpetuando la inestabilidad política insistiendo en sistemas electorales como el actual, que fragmentan la política y convierten en imposibles los acuerdos. Estos son la base de la democracia y el objetivo de ésta debe ser la búsqueda del bien común, que se hará más imposible si se impone un sistema de gobierno que exacerbe las entropías y el conflicto en vez de estimular la colaboración.

El espectáculo lamentable e inimaginable que ha dado el actual Congreso, sobre todo la oposición, debiera ser la mejor guía de lo que no queremos para el futuro, es decir, casi 20 partidos con representación parlamentaria, con algunos diputados que parecen salidos de la casa de orates y una mayoría pensando que cuando el adversario gana las elecciones, hay que impedirle gobernar y para ello cualquier medio vale.

El comportamiento de este Congreso es el mejor ejemplo de por qué el ordenamiento institucional debe incluir riendas (como quórums o tribunales constitucionales) para impedir que los parlamentarios actúen como caballos desbocados que se atropellan para infringir la Constitución y erigirse en mecenas que instrumentalizan una pandemia crítica para desfondar las arcas fiscales y repartir al que necesita, y al que no también.

Hay pocos días para hacer reflexionar al que tiene un voto que la actual mayoría parlamentaria se limpia la boca con el pueblo, el hambre o las desigualdades, pero ha hecho todo lo posible para que aumenten las personas vulnerables y tengan menos oportunidades y peores pensiones a futuro. El Congreso ha sido un Atila de la institucionalidad, legislando para la galería y el corto plazo y haciendo gala de una simpleza ramplona. Sin duda entregará un país mucho peor que aquél en el que asumió 4 u 8 años atrás: más pobre, en crisis institucional, con mayor inseguridad y alternativas reducidas de realización personal.

Todavía se puede corregir el rumbo y elegir personas serias, preparadas y rectas que pongan luz en el horizonte. Y, sobre todo, con coraje para surfear la ola de populismo destructor.

Por Pilar Molina, periodista, para El Líbero

/psg