Bueno, tampoco da lo mismo, después de todo, el tipo fue candidato presidencial, senador casi cuatro décadas y combatiente en Vietnam, condecorado por su valor. Con todo, lo que más me importa no es que el Presidente Boric haya pasado por alto su presencia a dos metros de distancia, lo que realmente me importa es otra cosa, es lo que yo llamaría el “tonito”.

Lo que el Presidente Boric dijo, antes de ser advertido de su error, fue lo siguiente: “Que vamos a poder decir con más propiedad a los países desarrollados, como Estados Unidos -que no está aquí presente-, como la Unión Europea, como China y como India, que tienen el deber de hacer más esfuerzos para proteger nuestro medioambiente”. Esa gente que va por la vida diciéndole a los demás lo que tienen que hacer son un verdadero fastidio, pero cuando además lo hacen en el ejercicio de un poder se convierten en un peligro.

Para John Kerry y para Estados Unidos, lo sucedido puede ser un chascarro, una anécdota a compartir en la próxima reunión de gabinete, porque para ellos que Chile les diga lo que tienen o no el deber de hacer debe resultar casi pintoresco, algo así como esa gran película de Peter Sellers “Rugido de ratón”, pero a mí me preocupa que nuestro gobernante muestre reiteradamente esa disposición a tener una visión moralizante del poder público, que se aparta de la lógica propia del Estado de Derecho.

Obviamente, cuidar el medioambiente es algo positivo que todos los países del mundo debieran hacer y ojalá lo hicieran en mayor medida. Sin conocer la iniciativa que presentó Chile, tengo una predisposición positiva hacia ella y, si está bien concebida, ojalá los países más poderosos, incluyendo a los más desarrollados, se sumaran a ella. Desde luego que nuestro gobernante debe resaltar las razones que justifican esta iniciativa, más aún que tiene todo el derecho a llamar a todos los países, sin importar si son más o menos fuertes a sumarse. Otra cosa es llamarles la atención, hablarles desde una superioridad moral que nadie le ha concedido y pretender convertir sus valores, aunque sean correctos, en un imperativo general.

Es obvio que no se pueden hacer relaciones internacionales así, pero mucho menos se puede gobernar con ese criterio, porque lleva inevitablemente a la descalificación de las posiciones discrepantes, a confundir el bien y la razón con su proyecto, a usar las reglas como medio para imponerlo hasta que, finalmente, la libertad muere aplastada por el mesianismo.

La democracia supone aceptar la discrepancia. En la guerra se aspira a vencer, en la democracia solo a convencer, lo que puede ser mucho más difícil y arduo. Por eso, la democracia requiere madurez y humildad. También por eso, lo que más me preocupa no es Kerry, con todo lo importante que es.

Recuerdo cuando, en mi adolescencia, empecé a creer que yo lo sabía todo y a veces le hablaba a mi padre con cierto tono de superioridad, hasta que el viejo se ponía serio y me decía: “bájeme el tonito”. Era un buen consejo.

/Escrito por Gonzalo Cordero para La Tercera

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