Lillian Calm escribe: “Tantas veces entré a ese mismísimo lugar (las tribunas del Congreso en la capital). En una época iba reportear prácticamente a diario. Salvo que la sesión fuera secreta (en rarísimas oportunidades), una credencial era suficiente para que se nos abrieran las puertas de par en par y así poder informar de primera fuente a los lectores (tengo la gran suerte de haber hecho siempre periodismo escrito). Y ello porque no hay nada peor para un país que la desinformación. O los entre gallos y medias noches. Pero no solo porque se oculta lo que realmente sucede, lo que mi juicio es uno de los peores atropellos a los derechos humanos. También porque nos perdemos hechos dignos de conocerse y nos hemos formado la impresión errada, por ejemplo, de que en el interior de la Convención solo se dicen sandeces. No es así”.

Uno de los “peros” que destaca el informe de la Sociedad Interamericana de Prensa (SIP) sobre el estado la libertad de prensa en Chile radica en que las autoridades de la Convención Constituyente “limitaron el acceso de los medios a ciertos espacios de debate y al propio edificio”.

Sabemos que para fundamentar esa restricción se adujo razones sanitarias y de un cuantuay; sin embargo con ello solo se disfrazaba la ideologización de la mesa y de la mayoría de sus mandamases.

No obstante, esa prohibición no fue universal. Tuvo excepciones. Leí que uno de los últimos acuerdos de la tan mentada mesa dice relación con “la autorización al cineasta Patricio Guzmán para que realice tomas cinematográficas en dependencias de la Convención Constitucional, con ocasión de su documental sobre el proceso constituyente”.

El Mercurio puntualizó que “un grupo de convencionales liderados por Arturo Zúñiga, de Vamos Chile, solicitó por quinta vez a la mesa, dirigida por Elisa Loncón, permitir el acceso ‘permanente’ de los medios de comunicación a las tribunas del Congreso en la capital, en donde funciona la Convención”.

Tantas veces entré a ese mismísimo lugar (las tribunas del Congreso en la capital). En una época iba reportear prácticamente a diario. Salvo que la sesión fuera secreta (en rarísimas oportunidades), una credencial era suficiente para que se nos abrieran las puertas de par en par y así poder informar de primera fuente a los lectores (tengo la gran suerte de haber hecho siempre periodismo escrito).

Y ello porque no hay nada peor para un país que la desinformación. O los entre gallos y medias noches. Pero no solo porque se oculta lo que realmente sucede… a mi juicio, uno de los peores atropellos a los derechos humanos. También porque nos perdemos hechos dignos de conocerse y nos hemos formado la impresión errada, por ejemplo, de que en el interior de la Convención solo se dicen sandeces. No es así.

Voy a ejemplificar. El otro día recibí, por casualidad, un video con una intervención del convencional constituyente Martín Arrau, quien fuera intendente de Ñuble. Jamás lo había oído hablar, no lo conozco personalmente aunque antes de la pandemia creo haberlo saludado fugazmente en alguna oportunidad y, quizás por eso mismo, decidí oírlo.

Debo reconocer que me impresionó porque en sus palabras no había ataques ni tampoco exhibicionismo, como me parece los ha habido en otras… no en todas, por supuesto. Más aún, al oírlo, en momentos llegué a rememorar sentencias que en ese mismo hemiciclo pronunciaron algunos parlamentarios y aclaro que no los de ahora, por ciento. Me refiero a grandes parlamentarios de antaño. Y con esto no quiero decir que su ponencia fuera arcaica ni menos que estuviera exenta de la vigencia del durísimo acontecer diario por el que está atravesando Chile. Por el contrario.

Citaré algunos párrafos porque me levantaron la moral y, desde ya, perdón si me extiendo:

“Un país que es innegablemente historia, idiosincrasia, tradiciones, símbolos, desafíos, alegrías y por sobre todo un proyecto común, no puede rehacerse por unas líneas escritas en un papel por más que se quiera y se reclame. Así, el texto que debemos proponer a los chilenos carecerá de todo sentido si no está ligado a la historia y el sentir popular. Poner la esperanza en una siembra sin miras a las raíces es una siembra que no dará fruto”.

Visualiza la carta magna “enraizada en Chile, digo, y no en ‘los pueblos de Chile’, porque el pueblo chileno es uno solo. Diverso, sí, y esa es una de las cosas que lo hace grande. Pero uno solo, y esa es otra de las cosas que lo hace grande.

“Esta constitución nacerá muerta o morirá al poco tiempo si se insiste en imponer ideologías, quitar libertades, censurar, otorgar privilegios a los políticos o saltarse las reglas; por eso el llamado es a aunar voluntades y derribar diferencias buscando el verdadero bien común, la paz y el progreso de Chile”.

Luego se autodefinió como una piedra en el zapato:

“En esta Convención defenderé la libertad. Alzaré la voz cada vez que esta se vea amenazada o atacada, y podrán contar conmigo para ser una piedra en el zapato cuando se incumplan las reglas que guían nuestro trabajo (…) Propondré profundizar la libertad de emprender, de trabajar, de arriesgar y crear, generando más estabilidad, empleo y prosperidad, porque creo firmemente que somos un país trabajador y creativo, y no necesitamos del engaño de un Estado o políticos que nos mantengan a todos a punta de bonos o que nos solucionarán todos los problemas”.

Y continuó: “Propondré dar más libertad de enseñanza (…) Restringir este derecho mediante la censura tendrá el inexorable efecto de empobrecer nuestra cultura. Y defenderé la libertad de todos, pero con mayor fuerza defenderé la libertad y la vida de quienes ni siquiera pueden defenderse solos: los que no han nacido. Ellos son los más débiles entre los débiles. Ellos no irán a marchar, no expondrán en las audiencias públicas ni tienen escaños reservados. A ellos los ninguneamos simplemente por ser pequeños, y no hay acto más cobarde que ese”.

Luego destacó:

“Propondré con convicción avanzar en mayor orden y seguridad. Sin orden no hay libertad posible. La libertad sin orden es anarquía. No podemos permitir que la violencia, el narcotráfico y la corrupción se tome nuestras calles y nuestras instituciones, porque necesitamos recuperar los espacios para ser comunidad. No podemos normalizar que, por miedo, nos manden antes a nuestras casas cada 18 de octubre (…) Esto lo hemos visto de forma grotesca en el sur de nuestro país”.

Y concluyó:

“Por último, seré un gran impulsor de la libertad, pero un férreo opositor a toda revolución que se intente gestar desde estas salas. Buscaré siempre la vía institucional, la paz y el bien común. ‘Las revoluciones, dijo el poeta ñublensino Nicanor Parra, las idean los idealistas, las llevan a la práctica los fanáticos, y se aprovechan de ella los pícaros, los linces, los sinvergüenzas’. No le dejemos pavimentado el camino a esos sinvergüenzas, ni seamos parte de ellos. El pueblo de Chile se merece más”.

No he visto, puedo equivocarme, reproducir in extenso estas palabras. Es por ello que al menos quería dejar en esta columna constancia de solo parte de ellas.

Lillian Calm

Periodista