Luego de una intensa agenda de reuniones en Madrid, que cruzó todo el arco político español, resulta ineludible compartir algunas reflexiones sobre una otrora envidiada socialdemocracia española, que hoy vive un primaveral ocaso. Íbamos con la expectativa de recoger lo mejor de la experiencia política de la Madre Patria que nos pudiera iluminar ante nuestro tormentoso ambiente político y proceso constituyente criollo, pero súbitamente el mensaje de nuestros interlocutores se dio vuelta: “queremos conocer la experiencia chilena, precisamente para no repetirla”. De pronto pasamos de ser plácidos oyentes a activos predicadores del modelo autodestructivo chileno.

Aunque con matices, el consenso predominante en España es que una vez concluido el mandato de Felipe González (1996), luego de una categórica derrota electoral, las cosas para el PSOE comenzaron un estrepitoso declive. El ex jefe de gobierno español había logrado, al igual que la figura de Ricardo Lagos en Chile, reunificar las distintas almas que militaban en el mundo socialista. Pero sus sucesores lograron lo imposible. A los pactos con la izquierda radical a partir del año 2000, se suma el desfonde electoral del PSOE, cuyo punto más álgido se alcanza con el actual presidente español. Pedro Sánchez tiene al principal partido socialdemócrata en el barro. Nada nuevo bajo el sol, ni siquiera en Chile.

En épocas de crisis, los españoles suelen recurrir a la figura de Felipe González para que convoque y lidere las fuerzas democráticas de izquierda en búsqueda de acuerdos políticos. En Chile sucede algo similar. Ante la ausencia de figuras y líderes políticos, especialmente en la centroderecha (pobre y escasamente articulada), los chilenos miran con renovadas esperanzas el rol que el ex presidente Ricardo Lagos podría asumir en Chile ante el fracasado proceso constituyente. Aunque inicialmente su tímida defensa a los últimos 30 años no pasó inadvertida para una gran mayoría de chilenos, su reciente reaparición reclamando por la paternidad de la Constitución de 2005 hace de su figura una especie de tabla de salvación. Es el momento de rescatar a nuestro Capitán Planeta.

Frente a un proceso constituyente que concita creciente desconfianza en la ciudadanía, queda la duda de si Lagos tiene hoy la voluntad y fuerza para convocar y liderar a los sectores moderados y democráticos de la centroizquierda chilena en torno a un proyecto de una nueva -pero buena- Constitución. Hoy el PS y el PPD se encuentran nuevamente divididos. Están aquellos que, bajo la eterna ambición y persecución del poder como objetivo político, pretenden sumarse a la campaña del Apruebo, mientras que la otra alma de la centroizquierda, desencantados y decepcionados del trabajo de los convencionales, está dispuesta a darle una nueva oportunidad a la elaboración de una nueva Constitución, incluso si aquello implica apoyar la opción Rechazo. Estos últimos, sumándose a un creciente rechazo hacia el borrador hasta ahora elaborado, quieren una buena Constitución. Y no cualquier Constitución.

En la centroizquierda chilena conviven actualmente totalitarios y demócratas. La división que el texto constitucional genera en la ciudadanía, junto con el debilitamiento de instituciones claves de nuestra democracia representativa, tiene a los sectores democráticos chilenos expectantes sobre la posición que adopte la centroizquierda. Tanto que en el próximo plebiscito de salida, el tradicional eje de derechas versus izquierdas pierde toda irrelevancia, reemplazándose por la dinámica de totalitarios versus demócratas. En este sentido, la articulación de un frente común, que incluya todo el espectro político, sin exclusiones ni hegemonías, para lograr que la opción Rechazo se traduzca en un acuerdo político vinculante para continuar exitosamente el proceso constituyente, resulta a todas luces prioritario y urgente. Los chilenos merecemos una buena Constitución. De nada sirve una mala Constitución para unos pocos chilenos.

Por Francisco Orrego, abogado, para El Líbero.

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