Las primeras palabras del nuevo ministro de Educación estuvieron centradas en un llamado a la unidad para poder avanzar en las políticas necesarias y mejoras de la educación en nuestro país. Llamado que no solo muestra una disposición al diálogo con los distintos actores, sino de manera más profunda a encontrar aquellos principios comunes que lo hagan posible.

Llama la atención, entonces, que de entrada ciertos grupos –principalmente estudiantiles- descarten la posibilidad de que puedan existir esos acuerdos. Aparentemente para ellos, una mirada distinta respecto de cómo alcanzar ciertos fines en la educación, como la calidad, impediría toda posibilidad de sentarse a dialogar. Es precisamente esa actitud la que ha limitado los avances en educación y que ha llevado a divisiones en aspectos técnicos que no deberían dar lugar a discusiones ideológicas.

En definitiva, debemos ser capaces de encontrar ciertos mínimos comunes, que establezcan un piso sobre el cual se pueda discutir, mínimos que lamentablemente son los que se han desvanecido en el último tiempo. Si nos tomamos en serio el llamado a la unidad, debemos reconocer, en primer lugar, la posibilidad de que en la vereda opuesta pueda haber un compromiso genuino por la educación y que no todo responde a un interés perverso. De lo contrario, mejor cerremos la puerta por fuera.

Por otro lado, hace falta poner sobre la mesa aquellos aspectos que nos permitan alcanzar una educación de calidad que efectivamente logre el desarrollo de las personas entregando iguales oportunidades. Lamentablemente, hoy el punto de partida está varios pasos más atrás, pues antes de entrar a hablar de los factores para garantizar calidad o equidad -cómo se materializan las políticas para fortalecer el liderazgo pedagógico, qué competencias requieren nuestros docentes, etc.-, necesitamos volver a garantizar las condiciones mínimas para el ejercicio del derecho.

Para que haya educación se requiere un ambiente de paz y de orden. La violencia imposibilita los aprendizajes y afecta al desarrollo del niño; de hecho, se ha demostrado la relevancia que tiene el clima escolar en la calidad de la educación. Pero además exacerba nuestras diferencias, impidiendo una visión conjunta para el perfeccionamiento de las políticas, volviendo inútil la discusión.

Marzo se ha vuelto un ejemplo claro de esto. El anuncio de paros y tomas que ponen en juego la continuidad de la enseñanza, impidiendo que los alumnos puedan asistir a clases, echa por tierra los esfuerzos por mejorar las políticas educativas y da cuenta de que no están dados los mínimos sobre los cuales se pueda discutir y que permitan esa unidad que tanto hace falta.

/Escrito por Magdalena Vergara para La Tercera

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