El miércoles pasado fue el primer debate presidencial y a pesar de que estoy cada vez más reacia a trasnochar por la política, lo vi enterito. Confieso que me gustó, aunque más por el formato que por otra cosa, que otorgó dinamismo, restringió la intervención de los periodistas dejando que el protagonismo recayera sobre los cinco presidenciables y, finalmente, por las preguntas. Algunas bastante “peludas” del tipo: ¿Cómo garantizaría, usted, la gobernabilidad?” Lo mismo me pregunto yo (y casi seguro que, usted, también) todos los días.

Es que no les tocó fácil y mi reconocimiento va hacia cada uno por querer tirarse a una piscina bastante agrietada y con poca agua, pero el poder atrae y ser la cabeza de un proyecto político aún más; así que después del debate de esta semana se podría decir que oficialmente arrancó (literalmente) la corta e intensa carrera hacia La Moneda.

Ganar en sólo dos meses implica que sean (o se transformen) en candidatos de alto rendimiento capaces no sólo de atraer, sino también de cumplir las expectativas de un electorado esquivo; por lo que, además de concentración, quien llegue a la meta requerirá de mucha templanza para, en primer término, garantizarle gobernabilidad a un Chile tan incierto como el actual. Después de eso, puede venir todo lo demás, ya que sin estabilidad es difícil que pongan en práctica sus ideas, dando un poco lo mismo si éstas llevan el sello de ser radicales o conservadoras.

Aunque el rating del debate no le llegó ni a los talones al de la Parada Militar, de igual forma fue importante, ya que no se debe menospreciar la labor política, que es algo así como hacer régimen: a nadie le gusta mucho, pero es necesaria para gozar de buena salud. Así que fue una señal favorable que cerca de un millón de personas prendieran sus televisores no sólo para escuchar, también visualizar el carácter y disposición de los candidatos. Sobre todo durante los momentos de mayor presión.

Me concentro en este último punto porque el país parece atrapado en una olla de presión que ha sobrepasado su tiempo de cocción, por lo que necesita alguien capaz de bajarle la temperatura. Es por eso que, tras ver el debate, se me abrieron algunas interrogantes sobre cómo sería nuestro futuro bajo el estilo un tanto displicente de Gabriel Boric para esquivar con un “paso” (válido para juegos de sobremesa, no para un candidato presidencial) en vez de responder sobre temáticas relevantes, o que fuese Wikipedia la fuente seleccionada por una senadora de la República para interpelar a un contrincante. Ninguno de los dos demostró estar a la altura de las circunstancias o, más bien, de reflejar el tipo de liderazgo que esperan los chilenos para reestablecer sus vidas.

Dejando de lado las contradicciones de Eduardo Artés (por razones obvias), si bien es cierto lo que Sebastián Sichel planteó (varias veces) terminar con la vieja política y sus clásicas rencillas, deshacerse de sus malas prácticas o vicios implica algo más que ser “nuevo” en el barrio. Debido a la gran incertidumbre que experimentamos, quien logre llegar primero a la meta no sólo tendrá el privilegio de ejercer el cargo, sino además la responsabilidad de conducir al país con solidez, realismo y, por sobre todo,
una alta cuota de humildad.

/Escrito para El Líbero por Paula Schmidt, Periodista y Licenciada en Historia

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