La historia política latinoamericana ha echado en saco roto uno de los episodios más fascinantes del populismo brasileño: la elección del rinoceronte Cacareco como concejal de Sao Paulo. Faltaba poco para finalizar 1959 y habían sido convocadas elecciones locales. Los habitantes de esa, la octava urbe más grande del mundo, estaban hartos con la corrupción, la demagogia y el abandono. La ciudad se había convertido en un basural.

Unidos bajo el slogan “Mejor un rinoceronte que un asno”, Cacareco sacó 100 mil votos. Detrás de él, un humano obtuvo apenas 10 mil. Fue un voto de castigo que quedó registrado en muchos medios internacionales. Fue un símbolo y un ejemplo de hasta dónde pueden llegar los ciudadanos a la hora de expresar su malestar.

Más tarde, en 1988, en Río de Janeiro, ante el populismo desbocado, ocurrió un hecho similar y una revista levantó la candidatura del mono Tiao a alcalde de la ciudad, sacando 400 mil votos. Pese a no ganar, se hizo tan famoso que una estatua fue erigida en las afueras del zoológico, mirando a los visitantes en señal de alerta.

¿Qué opinarían estos dos animales, tan asociados al populismo brasileño, del comeback de Lula y su deseo de habitar nuevamente el Palacio da Alvorada?

Partiendo de la base que el exmandatario ya se encuentra en plena actividad política, estamos frente a una operación con numerosos componentes, no todos favorables. N. Taleb la miraría con bastante cautela, catalogándola de futuro plausible. O sea, una perspectiva con posibilidades de ocurrencia, pero limitada por aspectos identificables, como son las pulsiones inmersas en la operación.

Primero, si el retorno a la presidencia le resulta, el populismo brasileño recibirá una inyección tremendamente energizante, pues el lulismo no se puede entender sin ese remezón de corrupción desatado por Odebrecht, OAS y otras compañías. Ahí radica la principal inercia que carga Lula y refuerza la cautela ante su posible éxito. Como resultado de esta observación, el antagonismo PT/antiPT cruza aún a toda la sociedad brasileña.

Este es tan fuerte que explica porqué su operación de retorno evade o minimiza el entramado corrupción/populismo/demagogia. El propósito es poner en el imaginario electoral la idea que, pese a cualquier otra consideración, con Lula se vivía bajo una especie de edén de los trabajadores y que Bolsonaro no sería más que un maleficio de seres diabólicos, cuyos designios macabros terminaron lanzando al querido líder a la cárcel durante año y medio. Habrá que esperar. Siempre las apuestas por la victimización son una moneda al aire.

En segundo lugar, las pulsiones internacionales de la operación se ven algo borrosas, al menos por ahora, aunque resulta indesmentible ese verdadero frenesí desatado en las dos izquierdas latinoamericanas. Por un lado, para la más barricadista (la del ALBA, esa verdadera escuela de neomarxismo, única a nivel mundial), y que ha protagonizado monstruosas debacles económicas, el retorno de Lula al poder significaría un gran respiro. Se abre la posibilidad de resolver, al menos parcialmente, la dramática situación cubana y venezolana. El derrumbe de Lula y Dilma truncó el plan estrella del régimen cubano de crear en Mariel, con fuerte apoyo de Odebrecht, una zona económica especial (esas maravillosas islas de capitalismo total, descubiertas por Pekín en los años 80). Por ahora, Lula ya les hizo un importante guiño durante su reciente gira por Europa, evitando el calificativo de dictaduras para referirse a Nicaragua y Cuba.

En tanto, la otra izquierda, esa del Foro de Sao Paulo, espera que su triunfo signifique el surgimiento de una especie de hegemon en la política regional. Este tipo de izquierda, que mira la región sin las premuras ni las urgencias de La Habana o de Caracas, ve en el regreso de Lula el necesario primus inter pares que articule a otros gobiernos similares, como los de Buenos Aires, Lima, Tegucigalpa e incluso México. Y, de paso, otorgue fervor a las campañas de Gustavo Petro en Colombia y Efraín Alegre en Paraguay, con la esperanza de redibujar el mapa político latinoamericano.

Situada en un punto intermedio entre ambas se encuentra Bolivia, cuyo gobierno aspira a sacar el máximo provecho de su doble pertenencia. Significativo es que Luis Arce haya llegado a la reciente cumbre presidencial del ALBA en La Habana con un donativo de 20 toneladas de ayuda humanitaria para la isla, proponiendo, además, la creación de dos empresas regionales que produzcan medicinas y alimentos en beneficio de los países del ALBA. Su gran aspiración es recibir inyecciones financieras importantes de parte del gobierno del “hermano” Lula.

Luego, las pulsiones de índole geopolítica también ayudan a configurar el futuro plausible del exmandatario. Por una parte, se observa un deseo nítido por cambiar de raíz la relación brasileño-argentina, y, por otra, proyectar una interacción profundamente distinta con Europa, la cual Lula considera estropeada por Bolsonaro. Especial interés tiene en recomponer los lazos con Macron, ya que las discrepancias en cuanto a cuánta superficie amazónica se puede ocupar para el cultivo de soya comprada por los países europeos, han desatado varios otros conflictos.

En cuanto a la relación con Argentina, gran significado adquirió un pantagruélico asado en la localidad de Mercedes en la provincia de Buenos Aires, donde se masticó una alianza entre Lula y el núcleo duro del kirchnerismo. Se trató de un encuentro que fue mucho más allá de la simple camaradería. Lula y sus amigos K estuvieron viendo temas de largo plazo y posibilidades de coordinación regional, donde Perú, Honduras, Paraguay, Bolivia y la revitalización de Mercosur forman una agenda política sustanciosa.

Sin embargo, el entusiasmo con los K podría implicar un momento de inflexión. Las disquisiciones comunes bien podrían resultar contraproducentes en su deseo de presentarse como un estadista alejado de cualquier exceso y más digerible que Bolsonaro ante las potencias centrales.

Por lo tanto, esta operación enfrenta obstáculos difíciles de superar. Permanece la incertidumbre respecto a qué representan hoy Lula y el lulismo y si éste logrará recuperar a sectores de la clase media. Tampoco se sabe cuánto respaldo interno tiene efectivamente al interior del PT. Y una total incógnita existe respecto a su reciente pacto con Geraldo Alckmin, el exgobernador de Sao Paulo y cercano a la socialdemocracia brasileña.

Como en la fábula de Esopo, bien podría ocurrir que Lula termine siendo como ese cuervo que se siente águila. Es decir, enredado en los propios fantasmas que ayudó a crear.

/Escrito para El Líbero por Iván Witker, Investigador ANEPE. Académico Escuela de Gobierno U. Central. PhD U. Carlos IV, Praga, República Checa

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