Las cartas ya están echadas para la votación del domingo. Pero independientemente de lo que decidan los chilenos en el plebiscito, si las autoridades se niegan a entender que el crecimiento y la inclusión social necesitan de mercados competitivos, instituciones políticas responsables y transparentes, y un Estado que fortalezca los mercados y no los ahogue, la razón que gatilló el estallido social seguirá amenazando el futuro del país. Porque los chilenos quieren más y mejor desarrollo, no necesariamente más Estado, el éxito futuro de Chile dependerá de la capacidad que tengamos de hacer bien las cosas. Debemos evitar que el Estado se convierta en ese ogro filantrópico que, queriendo hacer el bien, termina destruyendo a la economía y ahogando la iniciativa privada que es la única que puede generar inversión, innovación, oportunidades, crecimiento y riqueza.

Si hubiera que resumir lo que divide a los campos del Apruebo y del Rechazo, la principal diferencia está en el rol que ambos bandos ven para el Estado. El Apruebo en general quiere que el Estado reemplace al sector privado en una serie de áreas claves de la economía. El Apruebo quiere un sistema nacional de salud manejado por el Estado. El Apruebo quiere reemplazar al sistema de capitalización individual por uno controlado por el Estado. El Apruebo sueña con la idea de un Estado empresario que explote las materias primas del país y dote a la economía nacional de mayor valor agregado.

El Rechazo, en cambio, parece más preocupado de las libertades individuales. Buena parte de su discurso en campaña se ha centrado en la defensa de la libertad para elegir y en la desconfianza a las soluciones que suponen una activa participación del Estado. Pareciera que la derecha ahora cree lo mismo que alguna vez brillantemente resumió Ronald Reagan como la visión de la derecha estadounidense sobre el Estado. Reagan dijo que las nueve palabras más temidas del idioma inglés son “yo soy del gobierno y estoy aquí para ayudar”. Aunque probablemente no hay ningún líder del Rechazo que tenga esa capacidad de sintetizar y hablar el idioma del sentido común que tenía Regan —y tal vez hay pocos que se atreven a defender esos principios con todas sus letras—, esta opción tiene serias objeciones a que exista un Estado con demasiada fuerza.

Aunque en campaña las diferencias siempre se exageran, el foco en el Estado y el mercado que han tenido ambos campos responde a visiones de mundo diametralmente opuestas. Mientras el Apruebo quiere más Estado, el Rechazo no quiere más Estado. Afortunadamente, los chilenos, al igual que las personas en todas las sociedades modernas, entienden que los países exitosos necesitan estados fuertes, pero no demasiado fuertes. Un Estado fuerte precisa también de mercados vigorosos.

Parece ya obvio repetir que, en el Chile de 1990 a 2019, el Estado no fue lo suficientemente fuerte como para asegurar la competencia en los mercados, proteger a los consumidores y garantizar oportunidades para que todos puedan competir en igualdad de condiciones. El estallido social se explica en buena parte por las debilidades en la capacidad estatal para hacer su trabajo.

Pero lo que no es tan obvio es que, en el Chile que está dibujado en la propuesta de nueva constitución, el papel del Estado sea el adecuado para producir crecimiento y desarrollo. Una lectura cuidadosa de la propuesta de constitución lleva a pensar en esa figura del ogro filantrópico que usaban Octavio Paz para describir a los estados latinoamericanos. El Estado en nuestra región, queriendo hacer el bien, crece tanto que termina por ahogar a la iniciativa privada. El resultado es que nuestros países crecen a menor velocidad que otras naciones comparables. Por ejemplo, si en 1960, el PIB per cápita de Chile era superior al de Corea del Sur; hoy Corea del Sur tiene un PIB per cápita tres veces superior al de Chile.

Es cierto que el Estado ocupa un tamaño de la economía relativamente bajo en Chile. Pero en los países de la región donde el Estado es más grande, no hay más desarrollo y sobran la burocracia, la corrupción y la ineficiencia en los servicios públicos.

Independientemente de lo que ocurra el 4 de septiembre, lo más probable es que en los próximos años el Estado chileno crezca mucho más rápido que la economía del país. Eso significará que aumentará el riesgo de que nuestro Estado devenga en ese ogro filantrópico que tanto daño ha hecho a las democracias de la región.

Las cartas ya están echadas. Lo único que nos queda por delante es, gane la opción que gane el 4 de septiembre, intentar lograr un balance adecuado entre un Estado —que cumpla adecuadamente sus funciones de seguridad, estabilidad e inclusión social para todos— y mercados competitivos— que promuevan el crecimiento, la innovación, y el empleo. Solo así podremos avanzar en el camino hacia la prosperidad. Si no lo hacemos bien, nos uniremos a la larga lista de naciones de América Latina que han fracasado en el intento de lograr llegar a la tierra prometida del desarrollo.

Por Patricio Navia, Doctor en Ciencia Política y profesor de la UDP, para El Líbero

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