La brutal invasión de Rusia a Ucrania ha generado una disrupción en la producción de cereales, aceite de maravilla y fertilizantes, con el consiguiente aumento de precios que ya han impactado al resto del planeta. Esta mayor inflación ha activado la reacción de los bancos centrales, generando temor de que la recesión esté presente en el futuro de varios países.

Lamentablemente, las alzas de los precios de los alimentos ha llevado a algunos países a suspender sus exportaciones de algunos productos, como es el caso de Malasia y sus carnes blancas, de Indonesia y su aceite de palma y la India que redujo los envíos de trigo y azúcar. Estas decisiones han reavivado la antigua propuesta de soberanía alimentaria, enmarcada en el proteccionismo de los sesenta que buscaba que cada país debía ser autosuficiente y no debía depender del comercio exterior.

Algo de este pensamiento está presente en la propuesta constituyente, donde se señala que: “Es deber del Estado asegurar la soberanía y seguridad alimentaria. Para esto promoverá la producción, distribución y consumo de alimentos que garanticen el derecho a la alimentación sana y adecuada, el comercio justo y sistemas alimentarios ecológicamente responsables”. La norma fue criticada por algunos convencionales, como Harry Jürgensen, quien señaló: «La intervención del Estado en las decisiones de qué se debe producir y qué se debe consumir extralimita, claramente, los ámbitos del Estado”.

Chile tiene una balanza comercial silvoagropecuaria superavitaria de cerca de US$8 mil millones en 2021, en donde nuestras exportaciones superan largamente lo importado, obteniendo así tanto los beneficios de estar en contratemporada con el hemisferio norte, como por las puertas de entrada que tenemos abiertas gracias a los acuerdos de libre comercio. El mayor superávit, US$6,8 miles de millones, lo tenemos con APEC, excluyendo EE.UU., en donde China es uno de nuestros compradores más dinámicos. Luego viene NAFTA, con quien tenemos superávit de US$3,1 miles de millones, seguidos con una cifra más moderada, de US$1,1 miles de millones, con la Unión Europea. En cambio, con Mercosur tenemos un déficit de US$4,4 miles de millones que incluye nuestras compras de trigo, maíz, azúcar y carne de vacuno, entre otros.

Cada uno de los productos incluidos en nuestra canasta exportadora son reflejo de nuestras ventajas comparativas y de años de inversión en todos los aspectos de la cadena de valor, para así lograr acercarnos a hacer de Chile una potencia agroalimentaria. De hecho, el éxito de las cerezas en China dan cuenta de aún existe espacio para crecer mucho más con productos innovadores.

Tener al Estado tomando las decisiones de qué alimentos producir, cuáles pueden ser exportados y cuáles no, es el camino incorrecto. Para ello, basta recordar que en el Pacto Andino se le asignó a Chile el sector metalmecánico, sin que existiese la palabra fruta o salmón entre los productos que nuestro país podría desarrollar, pero los innovadores chilenos abrieron finalmente una senda que ningún burócrata imagino.

/Escrito por Tomás Flore, economista, para El Líbero

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