No es fácil salir de la estupefacción y avanzar en el entendimiento por varias razones. La primera, es nuestra fe en que la educación ayuda a las personas a pensar mejor. Pero la historia nos ha dado prueba de lo equivocada que es dicha hipótesis. Basta revisar lo acontecido en la Alemania nazi o en la Venezuela socialista. Atribuyo este error cognitivo -creer que la educación sirve al entendimiento- a que nadie se hizo cargo de la advertencia de Sócrates respecto a la importancia que tiene para el alma (psiquis) el contenido de lo que ingiere la razón. Planteado en otros términos, el liberalismo, en su abrazo a las ideas de la Ilustración, se vació de contenido y se redujo a un pragmatismo estulto concentrado en los títulos y grados académicos, olvidando por completo la importancia de las ideas. Nuestras ideas son fundamentales porque se encuentran a la base de nuestras acciones y de la justificación posterior que hacemos de ellas. En simple, toda persona antes de actuar tiene una idea  -por ejemplo, el capitalismo es violencia sistémica- y luego, al enfrentar las consecuencias de sus actos -haber lanzado molotov-, se da a sí misma una explicación coherente con la idea. Por eso Sócrates decía que el pensamiento es como el viento: nadie lo ve, pero todo lo mueve.

Sintetizando, como nuestra cultura ha puesto tanta fe en que el desarrollo cognitivo sirve a una mayor sabiduría, resulta muy difícil aceptar que, ante dos proyectos -uno de descalabro económico, otro de crecimiento, el primero de legitimación de la violencia, el segundo, de restablecimiento del orden público- haya quienes eligen no elegir. O sea que, ante la disyuntiva si democracia o totalitarismo, observamos que entre los votantes hay personas con formación profesional que no saben qué proyecto es peor. Sobre los que creen que la ruta hacia el comunismo es mejor, no hay nada qué decir. El comunismo reemplazó a la religión y sobre materias de fe no se puede razonar.

Esta falta de definición y entendimiento puede ser un problema general de la especie y, qué duda cabe, ninguno de nosotros está libre de incurrir en errores producto de nuestra condición humana. Sin embargo, tengo la impresión de que, en el contexto actual, la existencia de un grupo de ciudadanos educados que elige no elegir, es consecuencia de rasgos específicos de nuestra cultura política. Usted me dirá que en muchos otros lugares del mundo se ha repetido este fenómeno, pero algunos interrogantes que planteo en lo que sigue conducen la reflexión hacia otras conclusiones.

¿En qué otro país personas educadas no entienden que el comunismo es sinónimo de miseria y poder total? Solo en Chile la Democracia Cristiana se ha dado la mano con el PC. ¿Por qué los democratacristianos del resto del globo no tomarían jamás un compromiso con comunistas? Porque ello implicaría hablar el lenguaje totalitario, no el democrático, y sería señal de una inclinación sanguinaria radicalmente opuesta a la cristiana. Quizás sea hora de que la centroizquierda reconozca que nunca ha podido dejar atrás sus orígenes fascistas (es sabido que fue Primo de Rivera el inspirador de la Falange Nacional, posterior PDC). Si lo hiciera, recuperaría la coherencia y a nadie le llamaría la atención que siga pavimentando el camino hacia el totalitarismo. Pero, además, dejarían de confundir a la opinión pública vistiendo al lobo con piel de oveja. Puntualicemos. ¿Cómo va a tener mayor afinidad con la Democracia Cristiana un candidato que no es cristiano y valida la violencia como método de lucha, que otro católico y demócrata?

Mi tesis es que parte de quienes eligen no elegir lo hacen por la confusión que produce una centroizquierda que nunca ha podido liberarse de sus orígenes ideológicos, los cuales explican su fácil diálogo con los comunistas, hermanos en la opción totalitaria. Pero, aún teniendo a la vista la confusión natural que genera la vocación totalitaria del centro político, permanece el estado de estupefacción ante la existencia de ciudadanos que eligen no elegir. Y es que hemos visto la situación de los venezolanos que huyen de un gobernante cuya influencia sobre el PC chileno y, por tanto, en el candidato de extrema izquierda es evidente. ¿Cómo es posible que la situación de esos cientos de miles de víctimas de las mismas ideas que nos ofrece Boric no ayude a los indecisos a votar por JAK? ¿Es que no existe un mínimo de empatía dentro de nuestras facultades espirituales? ¿O, por lo menos, la capacidad de observar los efectos que el socialismo del siglo XXI tiene sobre libertades básicas como el autosustento? Otro agravante es nuestra propia historia. Es verdad que la violencia de la época de Allende y el grito popular e institucional por su destitución han sido silenciados por conveniencia de la extrema izquierda. Pero nuestros abuelos hablan y también lo hacen los medios de comunicación alternativos. ¿Es que ya nadie oye lo que los viejos, con toda la sabiduría que les da la experiencia, tienen que contar? Si a lo anterior suma el descalabro del octubrismo, la violencia y la vergüenza provocada por el proceso constituyente, entonces llegamos a la conclusión de que solo en Chile puede existir un ciudadano que decida pintarrajear algún garabato o dejar en blanco un voto con el que podría haber hecho su pequeña contribución para evitar el descalabro completo y darnos la oportunidad de retomar la esperanza en la reconstrucción de nuestro país.

/Escrito por Vanessa Kaiser para El Líbero

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