No sólo cuesta entender, sino que sorprende comprobar la poca preocupación por la realidad de lo que está o podría estar sucediendo en nuestra contingencia, y la nula reacción que genera en quienes tienen la responsabilidad de interpretarla y decodificarla para “el común de los cristianos”.

Despabilada con los años esta veterana pluma, y recordando el refrán que insinúa… “la mejor ganzúa del diablo es el dinero”, se pregunta: ¿No es curioso que, en tan poco tiempo, la izquierda y algunos personeros de gobierno hayan engrosado sus bolsillos con cargos “jugosamente” remunerados, producto de favores y débitos políticos?

¿No llama la atención a actores, intérpretes, cronistas y opinólogos, algunas evidencias que estarían dando cuenta, no sólo de un desajuste entre política y realidad, sino de un ambiente de descomposición que se estaría incubando -si es que ya no se ha instalado- en el país?

A cualquier parroquiano, por incauto que sea, estas reflexiones le debieran sugerir, como a muchos lectores, que no se trataría sólo de pasajeras e inofensivas dolencias que estarían afectando a algunos sectores políticos, algo así, como una mera “dislexia política” (exigua capacidad de “leer” la contingencia), o un simple “déficit atencional recurrente”, sino que se estaría en presencia de algo más grave y preocupante… un germen de corrupción.

No se trataría sólo de una descomposición económica sino también política. Es el caso del gobierno, que a pesar de haber perdido estrepitosamente el plebiscito y de recibir un rechazo de casi un 70%, sigue actuando… como si nada hubiera pasado. Tanto así, que se permite la desfachatez de priorizar “estrategias” (léase contubernios) destinadas a impulsar un nuevo proceso constitucional que a pocos les interesa.

Aún más, restándose de adoptar medidas concretas para dar solución a la delincuencia, el terrorismo, la crisis económica y aquello que “a gritos” está pidiendo la comunidad, el gobierno, en forma irregular y solapada, se da maña para indemnizar a cientos de activistas de “la primera línea”, sin que nadie levante la voz.

Se suman a lo dicho, las turbias “transacas” y triquiñuelas, las dudosas negociaciones y las oscuras compensaciones, con inescrupulosos agentes políticos que le permitieron al gobierno retener la Presidencia de la Cámara de Diputados, nada menos que con uno de los principales activistas del Apruebo y de la izquierda más radical… lo que explica el desembozado jolgorio del oficialismo.

Finalmente, esta intrépida pluma se permite la osadía de apuntar que la corrupción se ve facilitada al tener al frente una oposición que: se desgasta en luchas intestinas y en motivaciones electoralistas y circunstanciales, conductas que en definitiva la distraen de sus principales obligaciones, v.gr.: la defensa de los principios y valores que la inspiran, la solución de los problemas reales de la gente y por supuesto la lucha contra la descomposición política.

Al analizar la contingencia y revisar estas líneas, recuerdo lo que me advirtió un viejo amigo campechano … “Más ablanda don dinero, que sermón de misionero”.

Cristián Labbé Galilea