Es inevitable la pregunta entre chilenos comunes y corrientes: ¿cuánto hemos descendido en los últimos años? La caída comenzó junto al segundo gobierno de Bachelet, sin duda, cuando ella condujo a alinear la centroizquierda con el Partido Comunista. El cierre del puzzle sobrevino durante el siguiente gobierno de Piñera, con la alianza de los comunistas y el Frente Amplio y la rendición incondicional del “socialismo democrático” a las ideas revolucionarias de los que comandaron la protesta estudiantil y violenta en 2011.

La “corrida del cerco”, de la que tanto se congratulaba Bachelet, fue alimentada con la retroexcavadora que ofreció en 2014 la ex Concertación para remover las bases del modelo neoliberal. Lo que sobrevino solo continuó la caída libre: la revuelta de octubre de 2019, el parlamentarismo de facto, la instalación de una convención constitucional que representa al ultrismo ideológico e identitario en vez de a los más nobles valores de Chile, la exacerbación de la insurgencia mapuche, para terminar en un gobierno del Frente Amplio que quiere refundar el país sin haber aprendido a gobernar primero.

¿Qué hemos logrado con la caída del cerco institucional, con el discurso de la desigualdad, los abusos y la exclusión? Que pasamos de ser modelo en América Latina a ser anti modelo. Nada detiene el desplome del país, porque normalizamos la violencia tanto en las ciudades como en el campo. Aceptamos que le hayan quitado al Estado las herramientas para mantener el orden público y hoy nadie nos ofrece seguridad, que es el clamor del pueblo frente a la arremetida de la delincuencia, el narcotráfico y el terrorismo.

Si antes los hijos estaban mejor que los padres, ahora pasa todo lo contrario: es la progenie la que tiene menos ingresos y perspectivas de vivienda propia. Chile no ha crecido desde la versión 2 de Bachelet y no proyecta recuperar su crecimiento tampoco. La inversión retrocede no solo ahora, sino que también lo hará el próximo año. Nosotros continuamos glorificando los derechos sociales y procuramos convencernos de que una nueva reforma tributaria bastará para financiarlos. Mientras, las platas vuelan fuera de Chile, aumenta la pobreza y la inflación remece los bolsillos y el bienestar.

Unos años atrás, nadie sospechaba que estaríamos a las puertas de un conflicto racial, instalado por la mirada indigenista de la convención constitucional y el gobierno y alimentado por las malas políticas públicas que incentivan las tomas, la migración forzada desde los territorios reclamados y la impunidad de los grupos armados que desafían al Estado.

Qué decir en qué derivó la Ley de Inclusión de 2015. Fue exitosa en congelar el surgimiento de nuevos colegios subvencionados y determinar el cierre de 514 establecimientos el año pasado. La mayoría, pequeños que no pudieron sobrevivir sin el financiamiento compartido. Pero fracasó estrepitosamente en mejorar la educación pública. La brecha avanza junto con el retroceso de la matrícula, porque a pesar de todo, los padres siguen prefiriendo los particulares subvencionados. Cómo no, si los liceos emblemáticos se han convertido en el símbolo de la violencia y el anarquismo que ni las clases remotas logran contener. Solo los de la comuna de Santiago han perdido en promedio el 33% de la matrícula desde el inicio de la Revolución Pingüina.

Los ejemplos son infinitos, porque si el reclamo era por pensiones bajas e indignas, ahora lo son más, gracias a los retiros anticipados de fondos. El deterioro de los espacios públicos en las principales ciudades de Chile no tiene parangón. El patrimonio cae en manos de grafiteros y rayados ordinarios, el comercio ambulante descontrolado y los violentistas que se han adueñado de las calles. De la belleza de estatuas y parques cuidados, retrocedimos a un centro de la capital desolador. Hasta la Plaza de Armas se asemeja a un mercado de droga y prostitución.

¿Se hacen más viviendas? ¿Mejora la atención en salud? ¿Suben los sueldos? No, no, no. Unos años atrás la respuesta era sí, sí, sí. ¡Pobre país! Pero es cuestión de mirar para el lado, para consolarnos con que no somos los únicos en involucionar de la mano del discurso transformador de la izquierda. Como siempre, este termina congelando el desarrollo y conculcando la democracia.

Por Pilar Molina, periodista, para El Líbero

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