El Presidente Gabriel Boric nunca pareció entender que, al convertirse en el jefe de facto de la campaña por el Apruebo, una derrota del texto propuesto por la convención constitucional también se convertiría en una derrota personal y de su gobierno. Aunque muchos pudieran querer culpar a la ya disuelta convención constitucional por el texto fundacional y excesivamente extenso que propuso al país, lo cierto es que esta derrota tiene un solo padre, el Presidente Boric. Por eso, aunque la clase política, incluido el gobierno, logren concordar un nuevo camino para redactar una constitución que reemplace al texto actual, el costo de esta derrota lo seguirá pagando el gobierno de Boric, independientemente de cuál sea el rumbo que tome el proceso constituyente

Formalmente, lo único que ocurrió ayer fue que el pueblo de Chile categóricamente rechazó el texto propuesto por la ya disuelta convención constitucional. Como la votación de octubre de 2020 fue tan contundente a favor de iniciar un proceso constituyente, parece razonable concluir que los chilenos quieren una nueva constitución, pero no la que se les propuso. Eso implica que el gobierno y el Congreso deberán encontrar una vía alternativa para redactar una nueva constitución. La opción de convocar a una nueva convención constitucional parece demasiado engorrosa. El proceso completo tomaría mucho tiempo y no hay garantía de que el texto propuesto por ese cuerpo sea aprobado por un electorado que eventualmente terminará cansado de un proceso constitucional interminable.

Una opción más razonable hoy pareciera ser la de que el Congreso nombre un grupo de ciudadanos y ciudadanas que incluyan expertos constitucionalistas, políticos de trayectoria y representantes de la sociedad civil, y que ese cuerpo proponga un texto que sea sometido también a plebiscito en un periodo prudente de tiempo. Ese camino tiene costos, pero sus dificultades son sustancialmente menores a las que implicaría realizar nuevas elecciones para una convención constitucional. Aunque el camino para llevar el proceso constituyente a feliz término no es simple, hay una hoja de ruta razonable por la que se puede avanzar.

En cambio, para el gobierno de Boric, la crisis que se ha producido ahora que un 62% de los 13 millones de votantes ha rechazado la propuesta apoyada por el oficialismo tiene un impacto mucho más inmediato y profundo. Para partir, el gobierno se verá obligado a realizar un cambio de gabinete esta semana. Algunas de las figuras emblemáticas del gobierno deberán dejar el gabinete —incluida la Ministra del Interior Izkia Siches y el Ministro Secretario General de la Presidencia Giorgio Jackson. Como si perder a sus dos amigos más cercanos no fuera un golpe lo suficientemente duro, Boric deberá también hacerse cargo de la realidad de que, para lograr alcanzar mayoría en el Congreso, su gobierno tendrá que tomar posiciones más moderadas. Esa necesidad de moderarse le generará problemas con el Partido Comunista, el socio más importante de la coalición Apruebo Dignidad que nominó a Boric como candidato presidencial. Atrapado entre las posturas más radicales del Partido Comunista y la demanda por moderación que viene de los legisladores de la vieja Concertación, Boric deberá hacer malabares para poder encontrar un equilibrio que le permita mantener su ya débil coalición de gobierno.

Como si eso no fuera suficiente, la alta inflación y el enfriamiento de la economía hacen que se multipliquen las necesidades y disminuyan los recursos para poder darles respuesta. Como Boric tiene en su agenda una ambiciosa reforma tributaria y una igualmente ambiciosa reforma de pensiones, el éxito de la agenda del Presidente dependerá de su capacidad para alinear las diversas posturas que tienen los partidos que hoy forman parte del gobierno. 

Si la tarea de ordenar a partidos con posturas a menudo diametralmente opuestas siempre es difícil, cuando los presidentes son impopulares —y especialmente cuando los mandatarios acaban de recibir una derrota tan avasalladora como la que recibió Boric— las herramientas para seducir y disciplinar a los aliados se debilitan. Los legisladores tienen menos incentivos para acercarse a presidentes que acaban de experimentar una derrota electoral tan inapelable.

Si esa derrota se da a menos de un año de haber iniciado su gestión, las dudas sobre la capacidad de recuperación del mandatario amenazarán con convertirlo tempranamente en un pato cojo incapaz de avanzar su agenda de reformas.

Es cierto que todo problema siempre es una oportunidad. La derrota en el plebiscito podría ser la oportunidad para que Boric se libere de los elementos más radicales de su gobierno y de las prioridades más extremas de su agenda legislativa. Un Boric moderado irritaría a sus bases, pero sería capaz de avanzar reformas razonables y significativas que ayuden a que pueda entregar un país mejor que el que recibió.

Lamentablemente, a partir de lo poco que dijo en su discurso al país la noche del 4 de septiembre, Boric no parece entender todavía la magnitud de su tropiezo. Si bien habló de escuchar la voz de la gente y subrayó la necesidad de ponerse de acuerdo, el Presidente no hizo un mea culpa ni abordó su responsabilidad en la aplastante derrota.

Como padre de la derrota del 4 de septiembre, Boric deberá cargar con esa pesada mochila hasta que sea capaz de convertir ese pasivo en un trampolín para demostrar que ha sido capaz de escuchar la voz de la gente y ha sabido corregir rumbo. Mientras no haga eso, incluso si el proceso constituyente se encarrila adecuadamente en las próximas semanas, el fantasma de la aplastante paliza que recibió el gobierno seguirá persiguiendo a Boric y le impedirá avanzar en las reformas que prometió en campaña y que la gente espera ver materializadas en el futuro cercano.

Por Patricio Navia, sociólogo, cientista político, académico UDP, para El Libero

/gap