La reina Isabel II falleció hoy a los 96 años en el Castillo Balmoral, acompañada de sus hijos y el príncipe Guillermo, según indicó en un comunicado el Palacio de Buckingham.

La monarca se encontraba delicada de salud y el mrtes canceló una reunión telemática con su Consejo Privado -que aglutina a asesores políticos de la monarca- después de que los médicos le aconsejaran descansar tras el “día completo” que tuvo el martes con el cambio de primer ministro en Downing Street.

Dicho cambio de agenda se sumó a la lista cada vez más amplia de anulaciones de actos de Isabel II, siendo una de sus ausencias más simbólicas la que se produjo en la apertura de la sesión parlamentaria, cuando cedió a su hijo y heredero, el príncipe Carlos, la lectura del discurso del Gobierno.

La reina tiene problemas de movilidad y, de hecho, recibió a Truss en su residencia de Balmoral y no en Londres como es tradición de cara a su nombramiento como primera ministra durante la jornada del martes. Las imágenes oficiales difundidas tras el encuentro con Truss muestran a Isabel II encorvada y con bastón.

El pasado 21 de abril en Reino Unido se multiplicaron los festejos por los 96 años de la monarca, en el que sería su último cumpleaños. Los homenajes siguieron a los dos meses por su jubileo de platino. El 2 de junio se le vio alegre en el balcón del Palacio de Buckingham al ser ovacionada por decenas de miles de personas que la acompañaron al iniciar cuatro días de celebraciones por sus 70 años en el trono.

Los británicos menores de 70 años no han conocido a ningún otro gobernante, por lo que la Casa de Windsor deberá hacer esfuerzos para que el país se sienta cómodo con la idea de que alguien más desempeñe el papel que supo cumplir Isabel II. Su deceso corta el último vínculo vivo de alto perfil de Gran Bretaña con la era de su imperio y de la victoria en la Segunda Guerra Mundial.

La reina era “jefe de Estado”, lo que implica deberes constitucionales, como nombrar al primer ministro y promulgar leyes, en un rol que seguía cumpliendo personalmente. También era “jefa de nación”, un papel más simbólico, de encarnar la identidad nacional, que estuvo delegando cada vez más en su familia inmediata en el último tiempo.

La monarca había estado preparando a su entorno para este día. En febrero expresó su deseo de que la segunda esposa de Carlos, Camilla, duquesa de Cornualles, sea nombrada reina cuando su hijo acceda al trono. “Cuando, en la plenitud de los tiempos, mi hijo Carlos se convierta en rey, sé que le darán a él y a su esposa, Camilla, el mismo apoyo que me han brindado a mí”, escribió la reina. Se trata del segundo matrimonio del hasta ahora príncipe y la familia real había dicho que ella sería “princesa consorte” cuando él se convirtiera en rey.

Los observadores reales dicen que el impulso de transición se aceleró después de que el esposo de la reina, el príncipe Felipe, muriera en abril del año pasado, a los 99 años. Unos meses después del funeral, la reina canceló con poca antelación un viaje a Irlanda del Norte. Más tarde pasó una noche en el hospital y los médicos le dijeron que descansara. Desde entonces, sus apariciones públicas habían sido fugaces y se excusó de asistir a varios eventos, incluidas las fiestas en los jardines reales.

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