Habitualmente se cree que una elección es para dar el triunfo a una opción y asignar la derrota a otra. Las elecciones son, suele decirse, decisiones políticas del conjunto de la comunidad entre opciones que riñen, al menos intelectualmente, entre sí. El mejor resultado de una elección sería, pues, que una fuerza política gane flagrantemente a la otra.

Eso es lo que se espera en las elecciones de gobernadores, de alcaldes, de concejales; pero ¿es lo deseable en la elección de convencionales del próximo fin de semana?

A diferencia de lo que ocurre en otras esferas de la vida en común, hay buenas razones para pensar que el mejor resultado sería uno en el que nadie se sienta del todo ganador, uno en el que cada fuerza política sienta que ha de contar con la otra, un cuadro final en el que ningún convencional pueda esgrimir en contra de algún otro, empuñando la abundancia de votos obtenidos, la voluntad del pueblo. Con un resultado así el acuerdo constitucional no reflejaría el punto de vista de nadie en particular, sino que sería expresiva de una voluntad que pertenece a todos y a ninguno.

Sería una Constitución epicena: sin género e identidad específica.

Al revés de lo que suele creerse, ese tipo de resultados en el que nadie se asoma definitivamente con la victoria es, en ocasiones, el más saludable para la vida en común. Y lo es porque impone fáctica, empíricamente, por la vía evidente de los hechos, la necesidad de alcanzar acuerdos, de moderar las propias expectativas para alcanzar las ajenas, de tomar distancia para alcanzar acuerdos abstractos en los que todos puedan, finalmente, reconocerse. Uno de los problemas básicos de la política en momentos de crisis o de decisiones radicales es que los partícipes incurren en el olvido de los hechos.

Y hay un hecho que, por estos días, o mejor aún, en los días que vienen, habrá que recordar una y otra vez.

El hecho de que ningún político ha de olvidar, pero que desgraciadamente a veces olvidan, y que por estos días parecen haber olvidado, es que vivir es, se quiera o no, convivir; que la vida es, en alguna medida (no en toda, afortunadamente), una empresa común en la que cada uno debe contar con la presencia, las ideas, los prejuicios, los temores y los deseos de los demás.

Hannah Arendt observó alguna vez que la existencia de la política se debía al hecho “de que los hombres, no el hombre, vivan en la Tierra y habiten en el mundo”. La pluralidad, concebida como la abundancia de proyectos y formas de vida, es la condición por la cual la política existe. Y si ella se ahogara o inhibiera, si por alguna razón una fuerza política pudiera aplastar a las demás con una victoria abrumadora, o si sirviéndose de su triunfo quisiera enmudecerlas, la política desaparecería, porque ella consiste justamente en desplegar la vida en común con la conciencia de que en ella la unanimidad no existe, sino que la diferencia es su rasgo fundamental. Una fuerza política que olvida la pluralidad y la necesidad, en consecuencia, de preservar al otro como un rival, es una fuerza que ha dejado de ser política para satisfacerse con ser simple fuerza electoral o de cualquier índole; pero nada más que fuerza.

Carl Schmitt había dicho que la condición básica de la política era la distinción entre el amigo y el enemigo, y que en la Constitución subyacía una decisión del pueblo acerca de sí mismo. Ortega y Gasset (Carl Schmitt era muy influyente en el franquismo mientras Ortega, esos mismos años, estaba condenado al silencio) respondió en uno de sus ensayos diciendo que la política era la decisión de convivir pacíficamente con el enemigo.

Nunca mejor dicho.

Es, pues, de esperar que el próximo domingo, cuando las urnas se hayan abierto y los votos se hayan contado, los elegidos de lado y lado recuerden no las palabras de Schmitt, sino las de Ortega y se dispongan a usarlas como una guía del debate que vendrá.

/Escrito por Carlos Peña para El Mercurio

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