Cuando buena parte de las instituciones ha perdido la legitimidad y la confianza que son indispensables para su buen funcionamiento, o cuando sus bases de sustentación son reiteradamente erosionadas por quienes han prometido cumplir con la Constitución y las leyes, el Banco Central –una virtuosa creación institucional que Chile se dio hace más de 30 años– se ha erigido como el último bastión que resiste a pie firme los embates de un Parlamento ensoberbecido, que lo tiene entre ceja y ceja. Es el mismo Congreso que derribó sin más la institución de la iniciativa exclusiva del Presidente de la República en las materias de ley que la Constitución señala.

Pero, afortunadamente, el asalto al instituto emisor tiene, por el momento, pocas posibilidades de éxito. Su autonomía es infranqueable, mientras que el Consejo que lo gobierna no ha vacilado en dar cumplimiento escrupuloso al mandato que su ley orgánica le ordena, ni más ni menos que velar por la estabilidad de la moneda. En la figura estoica de su presidente Mario Marcel se encarna hoy ese espíritu republicano, pletórico de serenidad y sabiduría, que ha dado al país sus mejores luces a lo largo de su historia y que hoy algunos quieren destituir. Sin proponérselo, el Banco Central ha devenido en símbolo de una institucionalidad acorralada por sus adversarios, que aspiran afanosamente a destituirla y a reemplazarla pieza por pieza. Desde el bajo perfil que lo ha caracterizado y una cierta invisibilidad para la mayoría de los chilenos, de pronto irrumpe en la arena pública transformado en un inesperado protagonista, no sólo porque la inflación ha saltado a un nivel preocupante, sino que por el importante rol que le cabe en momentos que el deterioro de la economía podría pasarle una pesada factura al sistema político, cuya responsabilidad éste ya trata de escabullir.

En algunos sectores políticos su autonomía no es bien apreciada y nada asegura que vaya a mantenerse incólume. La posibilidad de que en esta materia la Convención Constitucional termine proponiendo al país acabar con ella no es menor. Si allí se impusiera una narrativa responsabilizando al instituto emisor del que podría ser el período más complejo para la economía chilena en mucho tiempo –el próximo año podría llegar ese momento–, y lo convierte en un símbolo de neoliberalismo, esa posibilidad se convertirá en una inevitable realidad. Pero otra cosa sería convencer de semejante despropósito a los votantes en el plebiscito de salida. Quién lo iba a decir, en un entorno económico deprimido como el que amenaza instalarse en 2022, la autonomía del Banco Central podría transformarse en uno de los factores desequilibrantes en la contienda electoral de mayor trascendencia para el país desde el plebiscito de 1988.

/Escrito para El Líbero por Claudio Hohmann, Ingeniero civil, ex ministro de Estado