El hecho cierto de que la inflación acumulada en los últimos doce meses haya superado el 10% y que solo en los primeros cuatro meses de este año la variación del IPC acumule casi un 5%, es motivo de sobra para que este flagelo pase a formar parte de las mayores preocupaciones de los ciudadanos en la actualidad. Un riesgo que fue transversalmente advertido cuando empezaron a discutirse los retiros previsionales -el propio ministro de Hacienda actual, y presidente del Banco Central en esa época, fue muy claro y directo en sus comentarios-, y que se vio acrecentado luego del relajamiento monetario y de la significativa expansión fiscal del año pasado, está haciendo sentir sus efectos. Y está quedando demostrado que no se trataba de una campaña del terror, sino que de un principio económico básico: si se otorga un impulso a la demanda que induce en forma persistente una expansión en la producción nacional que excede su potencial de crecimiento, y esto se mantiene en el tiempo, en forma inevitable el ajuste se va a producir a través de un aumento en los precios.

Lo anterior no significa desconocer que en esta particular coyuntura la prevalencia de una también elevada inflación internacional, influida por variables de diversa índole, ha tenido un efecto amplificador en la economía chilena. Pero reconocer esto no implica desconocer las causas de fondo que originan el espiral alcista en Chile. De hecho, la mayoría de los especialistas concuerdan en que son los factores internos los que explican en mayor proporción el origen de la inflación actual.

Y a pesar de que tanto la política monetaria como fiscal se están encuadrando a esta nueva realidad -lo cual obviamente conlleva costos para la ciudadanía-, se debe tener cuidado con las interpretaciones simplistas que buscan un atajo que no es tal, confundiendo causas con efectos. Por ejemplo, hay quienes sostienen que los principales culpables de la inflación en Chile son los empresarios, ya que a fin de cuentas son ellos los que establecen los precios de venta de los productos. Y si a eso se suma que como consecuencia de la fuerte expansión de la demanda los niveles de venta han alcanzado niveles sin precedentes, y que la escasez y los mayores costos que se está enfrentando han presionado los precios al alza en una amplia gama de bienes y servicios, sacar esa conclusión es fácil y políticamente rentable. La consecuencia natural de diagnósticos de este tipo, que confunden causas con efectos, son las propuestas de fijaciones de precios, las cuales han probado en forma reiterada no ser una solución al problema y de incluso generar dificultades en el abastecimiento a la población. Basta mirar el caso de Argentina para darse cuenta de ello. Pero hay vientos soplando en esta dirección, y un porcentaje importante de la ciudadanía, a juzgar por las encuestas, se estaría creyendo este cuento.

/Escrito para La Tercera por Por Hernán Cheyre, Centro de Investigación Empresa y Sociedad, U. del Desarrollo