Desde que la política se transformó en una profesión, es decir, en una manera de ganarse la vida, tal como describe Max Weber en su magistral conferencia “La política como profesión” (1919), era de esperar que su misión sufriera una transformación radical. Los nuevos profesionales podían en adelante acceder a un nivel de vida impensable si hubiesen tenido que ganársela en otros oficios, especialmente porque los módicos talentos exigidos para el quehacer político les hubieran hecho fracasar estrepitosamente en otra actividad.

De a poco, la misión de la política fue deslizándose desde el interés por promover el bien común, hacia otra en la cual se privilegian “las necesidades de la gente”, como proclaman las actuales muletillas, indiferentes a la distinción entre la verdadera justicia y lo que apenas es una moneda de cambio con los electores. Cualquier idea o fantasía de cualquier grupo muchas veces no necesita, para el político profesional, sustentarse en su razonabilidad o en su plausibilidad ética. Basta con que la “gente” crea que tal o cual cosa es buena o mala y ya está. No hace falta más. Los sensibles radares del político profesional verán ahí una nueva ocasión de dar satisfacción a sus clientes, los votantes. Ocurre un poco como con algunas consultas psiquiátricas, en donde rara vez el profesional se atreverá a efectuar alguna reconvención ética a sus clientes, en este caso los pacientes, respecto de algo que él, como ser humano decente y juicioso, no aprobaría.

Este hábito de ponerse siempre del lado donde más calienta el sol no puede dejar de producir ciertos descalabros en el funcionamiento de los asuntos económicos, que hoy ocupan el principal interés de la política.

Es más o menos evidente que una situación de creciente prosperidad general, bien aprovechada, es beneficiosa para la educación ciudadana. Por cierto, en una sociedad próspera, los ciudadanos tienden a estar más informados y a ser más reflexivos. Mala cosa para el político profesional. No estoy diciendo que haya un propósito explícito de empobrecer y embrutecer a la sociedad, pero la experiencia indica que al político profesional no le gusta verse sometido al escrutinio o la crítica de una sociedad medianamente bien informada. Sin embargo, nuestro político profesional advierte que su propia fuente de ingresos también peligraría si la sociedad se encaminara hacia una pobreza extrema. Y llegamos a un dilema de hierro: una sociedad próspera no augura nada bueno para nuestro político, pero una demasiado pobre tampoco. ¿Qué hacer? Aquí, el auxilio empresarial es imprescindible. Está claro que debe tratarse de un empresariado al que no le moleste en exceso el “capitalismo de amigos”, y que al mismo tiempo deteste la competencia. En este punto la prudencia política se transforma en un cuidadoso cálculo de cuánta pobreza es deseable sin poner en peligro la fuente de ingresos políticos.

La expansión de la pobreza, una tarea muy fácil, permite justificar la puesta en pie de políticas asistencialistas cuyo efecto esperado son los votos. Pero esas ayudas tienen que ser financiadas a su vez por los productores de riqueza por la vía tributaria, y de ahí la necesidad de ese empresariado cautivo, al cual, naturalmente, habrá que compensar por la altísima presión impositiva.

Es paradójico que a nuestro político profesional le encante hablar de la defensa de los “trabajadores” para referirse a los destinatarios de subsidios y prebendas, los cuales, precisamente, atentan contra una cultura del trabajo y del esfuerzo. Y aquí tenemos entonces ese híbrido monstruoso nacido de la profesionalización de la política: el populismo.

¿Es marxista el populismo? No, porque necesita de las grandes concentraciones económicas capitalistas y porque el marxismo, como tal, es un fracaso atronador precisamente donde más le duele a nuestro político profesional, es decir, en la economía. ¿Pero el Estado no podría asumir la mayor parte de la producción económica, como propone el socialismo? No, porque en este caso falta el principal incentivo de la economía, a saber, el lucro. Las empresas socialistas son deficitarias e ineficientes. La mala calidad de los productos provenientes de países socialistas es proverbial. Tampoco la calidad de los productos provenientes de empresas “protegidas” contra la competencia suele ser irreprochable, pero siempre queda el recurso de alimentar el mito de la protección a la industria nacional.

Así entonces, ¿cuánta pobreza conviene al populismo? Es difícil decirlo, pero es indudable que este engendro se siente llamado a cooptarla y administrarla cuidadosamente, porque en ello le va la vida.

Uno de los problemas mayores de esta perspectiva es el daño a mediano y largo plazo contra la posibilidad de establecer una buena sociedad, donde los ciudadanos se sientan a gusto viviendo y conviviendo, donde les parezca una idea deseable que sus hijos crezcan, se eduquen y progresen en ella. Claro que esto no es asunto de nuestro político profesional. Para él, el horizonte llega hasta la próxima elección. ¿Y después qué? Cada día trae su afán, nos dirá desde su sabiduría apoltronada.

Escrito para el Líbero por Jorge Martínez, Profesor en la Universidad Católica San Pablo Arequipa (Perú)

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