Algunos resultados del estudio del Observatorio del Contexto Económico (OCEC) de la Universidad Diego Portales, dieron titulares como “Casen: pese a mayor educación, los inmigrantes tienen trabajos que limitan sus capacidades de generar ingresos”. En base a los datos de las encuestas Casen 2015 y 2020 se constata que, a pesar de una mayor inserción laboral, los inmigrantes obtienen menores ingresos por el trabajo que desempeñan en comparación con sus pares chilenos. Lo anterior viene a constatar aquello que se percibe y no sorprende, en la medida que se sabe que las principales ocupaciones a las que tienen acceso en Chile son las de conductores de motocicletas, contadores y garzones.

El estudio pone el acento en el problema que enfrentan quienes tienen estudios superiores completos, ya que son los y las que han visto las mayores disminuciones en sus ingresos (una merma de 40,8%, mientras que sus pares chilenos la han incrementado en 6,6%). La fuerza laboral migrante con estudios superiores completos ha registrado un aumento importante en nuestro país: si en el año 2015 representaban el 28,9%, en 2020, dicha proporción aumentó 15,3 puntos, llegando a 44,2% de la fuerza laboral migrante. Este aumento se vincula al incremento de la migración venezolana a Chile, que hoy representa la primera mayoría de personas nacidas en el extranjero, desplazando a la migración proveniente de Perú. Así, pese a que la fuerza laboral migrante tiene hoy un mayor nivel educativo, al insertarse en empleos de mediana o baja calificación sufrieron una caída en sus ingresos laborales.

Ahora bien, sabemos que en el caso de las mujeres el problema del subempleo se ahonda. Tal como lo señala el estudio de Montiel (2019), las mujeres migrantes tienen una probabilidad de estar subempleadas por sus competencias 26 puntos porcentuales mayor que sus pares chilenas a nivel nacional. Mientras para los hombres migrantes, esta probabilidad es de 14 puntos porcentuales mayor que sus pares chilenos en el país. Según la autora del estudio, a partir de esta diferencia de género estadísticamente significativa, se puede afirmar que para una mujer migrante la posibilidad de estar subempleada es mayor que para un hombre migrante.

Estas cifras de subempleo por competencia de los y las migrantes, es decir, aquellos/as que con educación superior completa se desempeñan en ocupaciones de media o baja calificación, no solo provoca la caída en ingresos, sino que se trata de la reducción de las posibilidades de continuar desarrollándose profesionalmente. Este corte en sus trayectorias profesionales implica dedicarse por motivos de subsistencia a actividades para las que están sobrecalifcados/as, lo que tiene impactos subjetivos diferenciales. Para algunos de ellos y ellas implica la pérdida del sentido que tuvo el esfuerzo invertido en el estudio de una carrera profesional durante años, esfuerzo que siempre trae aparejada la ilusión de la mejora en las condiciones de vida. También impacta en la subvalorización de sus capacidades y, por tanto, la frustración e insatisfacción respecto a la vida laboral que, en el caso de los y las migrantes económicas, constituye buena parte de la posibilidad de realizar el proyecto migratorio y el proyecto de vida en Chile.

/Escrito para La Tercera por Por Antonia Lara, académica e investigadora del Observatorio de Políticas Migratorias de la Universidad Católica Silva Henríquez