Repire hondo. Afloje un poco con tanta tensión. Deje los nervios para otro momento. No vaya a creer que esto no volverán las ansiedades y los sufrimientos. Pero esta Argentina está con vida. Porque se bancó el juego áspero. Porque tuvo paciencia ante el retraso general de un México que firmaba el empate en el vestuario. Porque Messi no necesita estar en plenitud para ser determinante. Porque el equipo dio algunas señales, sólo algunas, de que se puede recuperar. Porque hay un Enzo Fernández, porque hay un Lisandro Martínez. Porque se necesitaba un resultado así para sentirse vivo. Porque el llanto de Scaloni fue la emoción de tantos argentinos que desde Qatar a Usuahia eligieron confiar.

Nervios. La Selección era puro nervio en el arranque y le llevó unos veinte minutos calmar la ansiedad. No quiere decir que empezó a jugar bien, pero ya los errores no forzados (De Paul, principalmente) no fueron constantes. México hacía un partido muy duro, peleado, cortado y si bien Argentina tenía más la pelota ninguno creaba realmente peligro.

El nivel de fricción crecía y la Selección no podía salir de ese juego. Áspero por donde lo miren, México tenía claro que ante la duda iba a cortar con foul. Y a veces al límite de la tarjeta anaranjada. Argentina tardó casi 40 minutos en romper la línea del medio, sorprender con uno contra uno y fue Mac Allister que se metió en el juego, armó una buena combinación para salir por la izquierda que luego Messi intentó aprovechar con De Paul pero se frustró. No fue un gran mejoría pero una primera señal de querer salir de la intrascendencia del toque lateral.

El cambio de marcha no aparecía. Con Di María mas apagado que encendido, con Messi sin errores en los pases pero tampoco sin la participación necesaria y un Guido Rodríguez tan retrasado que enlentecía mucho al equipo.

A México le caía bien el empate y no parecía estar dispuesto a arriesgar nada. Sólo se mandaba al ataque en una pelota parada pero si no, dejaba a los cinco del fondo clavados y los volantes no se sumaban.

A la Selección le faltaba electricidad. Esa explosión en pocos metros, lo inesperado. Enzo Fernández era una llave para encontrar esa necesidad y Scaloni lo mandó a la cancha. Claro, que la diferencia hay que pedírsela a los diferente y ahí llegó el crack. El que no necesita andar bien para meter un golazo, el que busco hasta que encontró el espacio. Pase de Di María, quizá uno más de tantos, pero Leo vio el hueco, vio la zurda, vio el palo de izquierdo, vio lo que muchos no ven y el gol se reventó al Lusail.

Lisandro Martínez se hacía cada vez más sólido, Otamendi no fallaba y De Paul, a pesar de su falta de precisión, ya no erraba tanto. Scaloni rearmó todo de nuevo, metió cinco en el fondo, sumó a Palacio en el medio y leyó lo que iba a pasar. La necesidad tiene cara de hereje y México salió desesperado. Y cuando se dice desesperado, se entiende desordenado. Una contra, dos, tres. Alguna iba a llegar. Y el que llegó fue Enzo Fernández con un gol y un partido que pide a gritos titularidad.

Si ganar la Copa América había sido sacarse una mochila pesadísima para este grupo, este triunfo sobre México tiene que ser liberador. Aferrarse a las buenas señales, ajustar las malas y confiar que Argentina está en Qatar y no piensa irse así nomás.

/escrito por Diego Macías para Olé de Buenos Aires

/EMG