Partamos con lo innegable. Solidaridad es un término cargado de buenas vibras. Lo solidario es positivo. Terremotos, tsunamis y aluviones son tragedias que producen toneladas de ejemplos sobre el significado del concepto. Tiene otras acepciones, es cierto, pero que no circulan entre las grandes masas. Solidario es el que se ve reflejado en el prójimo, y se ocupa del otro como se ocuparía de sí mismo. Por esto es una palabra útil para etiquetar ideas y realidades: las reviste de bondad. Solidaria será toda causa que coordine estos afanes de ayuda mutua.

El gobierno ha tirado sobre la mesa una propuesta “solidaria”: cobrar un 6% de cotización adicional del salario bruto del trabajador para destinarlo a un fondo de pensiones colectivo. Puesto que allí todos los trabajadores aportarán según su capacidad y los pensionados recibirán según su necesidad, lo llaman fondo solidario. Es tan solidario que si no queremos aportar por las buenas, por las malas entonces ¡carajo! Algunos defensores de esta forma de solidaridad obligatoria se lavan las manos frente al reproche de moralizantes. Ellos no fuerzan a nadie a ser bueno (i.e. solidario), porque la solidaridad es, en realidad, un mecanismo, no un valor. En las altas esferas de la intelligentsia local podríamos discutir la premisa. Pero no viene a cuento tratándose de la justificación de una política pública como la del 6%. Quiérase o no, en el discurso público la solidaridad representa hoy un valor moral.

La Teletón sí es solidaria, porque las personas aportan dinero voluntariamente para ayudar al prójimo. Si el show de la cruzada pulsa las cuerdas de la emocionalidad hasta el empalago, es porque los responsables entienden bien que el éxito de la iniciativa pasa por provocar empatía con el necesitado. Y es que el aporte debe nacer del deseo de echar una mano. No se les puede obligar, y tampoco reciben nada a cambio. La sospecha de que es un negocio más para las empresas que aportan -y para los artistas que actúan- no logra empañar el hecho de que casi dos tercios de lo recaudado es gracias a millones de chilenas y chilenos anónimos, que se sienten interpelados por el llamado a colaborar. Por cierto que el riesgo de no alcanzar la meta condimenta el guión con una pizca de suspenso. Pero, más allá de sus efectos marketeros, revela lo que está en el núcleo de la iniciativa: la libertad. Aportamos cuando, porque, y lo que queremos. Esto entraña incertidumbre y, es verdad, la meta a veces no se alcanza. Es el precio de la libertad y condición de la solidaridad.

El Estado puede obligarnos a dar de lo nuestro -tiempo, dinero, etc.- para garantizar ciertos mínimos de la convivencia social, sí. Pero calificar esas obligaciones con el adjetivo solidarias es publicidad engañosa. La iniciativa que crea un fondo colectivo de pensiones devalúa la solidaridad. Si es obvio que el Gobierno apela a la connotación emotiva del término para apalancar una política pública, también es evidente que de solidaria tiene el puro cascarón. De paso, con su lógica, el pago de impuesto y el servicio militar son también instituciones solidarias.

Escrito para El Líbero por Luis Alejandro Silva, abogado.