Algo raro e imprevisto está sucediendo en el borde exterior del Sistema Solar: la heliopausa, el límite entre la heliosfera (la burbuja de viento solar que rodea nuestro sistema planetario) y el medio interestelar (el vasto espacio que hay entre las estrellas) está ondulando y formando ángulos oblicuos que nadie creía posibles.

La idea de que la heliopausa puede cambiar su forma no es nueva, y durante los últimos años diversos estudios llevados a cabo con datos de las sondas Voyager 1 y 2 (los únicos ingenios humanos que por ahora han conseguido salir del Sistema Solar) y del satélite IBEX (Interstellar boundary Explorer), ya descubrieron que esa ‘frontera’ no es algo estático e inmutable.

«Las naves espaciales Voyager -explica Eric Zirnstein, físico espacial de la Universidad de Princeton y autor principal de un estudio recién publicado en ‘Nature Astronomy’- proporcionan la única medida directa in situ de las ubicaciones de estos límites. Pero solo en un punto en el espacio y el tiempo«. Y la misión IBEX ayuda a completar esas medidas.

Con esos datos, los investigadores han venido creando modelos que predicen cómo cambia la heliopausa. Y fue así como se dieron cuenta de que, en pocas palabras, los vientos solares y el medio interestelar se empujan y tiran unos de otros para crear un límite que está en constante movimiento.

Pero trabajos recientes sobre la heliopausa han arrojado datos contradictorios que ponen en duda los hallazgos anteriores. Durante un período de varios meses en 2014, por ejemplo, IBEX capturó el brillo de átomos neutros energéticos (ENA), que se crean cuando los vientos solares y el medio interestelar interactúan, y descubrieron una serie de asimetrías en la heliopausa. Solo después los científicos se dieron cuenta de que esas asimetrías eran incongruentes con los modelos existentes.

Cambio brusco

Al revisar los datos de la Voyager 1 y la Voyager 2, Zirnstein y su equipo han descubierto que la heliopausa cambió drásticamente en un período de tiempo muy corto. Lo cual, en parte, ayuda a explicar por qué pasó tanto tiempo entre las entradas de las dos sondas al espacio interestelar, que tuvo lugar, con seis años de diferencia, en 2012 y 2018, respectivamente, a pesar de que ambas fueron lanzadas con apenas unos días de diferencia, el 20 de agosto y el 5 de septiembre de 1977.

Y ahora, en su nuevo artículo, Zirnstein califica esas discrepancias como ‘intrigantes y potencialmente controvertidas’. Sus planes, por supuesto, son seguir estudiando la heliopausa, con la esperanza de obtener más información de la sonda de aceleración y mapeo interestelar de la NASA, un satélite nuevo y mejorado que puede detectar ENA y cuyo lanzamiento está programado para 2025.

Hasta entonces, sólo podemos reflexionar sobre este inquietante fenómeno que ocurre en los extremos más alejados del Sistema Solar, y preguntarnos a qué puede ser debido.

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