Algunos estudios de opinión pública han mostrado que un tercio de los chilenos aprueba la labor que está realizando la Convención elegida para proponer un texto de nueva Constitución. Sin embargo, con solo cinco semanas de funcionamiento avanza a paso firme en la dirección de ser una más de las instituciones políticas con alto rechazo y desconfianza ciudadana. Todo lo contrario a lo que esperaban muchos chilenos.

En octubre del año pasado, el 78% votó a favor de una nueva Constitución para Chile, y una mayoría aún más alta aprobó que dicho proceso fuera conducido por una convención 100% elegida. ¿Qué ha pasado en solo nueve meses para que la ciudadanía cambie tan bruscamente su visión?

Ha pasado lo que muchos esperaban. La Convención es un órgano político, integrado por personas que actúan como dirigentes políticos, que no escapa de la polarización que vive el país, y que no ha logrado instalar un estilo de diálogo ni una agenda de temas conducente a resolver las bases para una nueva Constitución.

Cuando un grupo muy mayoritario de chilenos votaron “apruebo” en octubre pasado, lo hacían porque anhelaban el inicio de un nuevo ciclo en la historia de Chile, con otros esquemas de cooperación y participación.

Para eso, promovieron nuevas formas de integración: paridad de género, facilidades para los independientes, y cupos reservados para los pueblos originarios. Pensaban -equivocadamente tal vez- que con estas innovaciones iban a quedar atrás muchos de los males de la política que buscaban erradicar.

Es algo así como el invierno de la Convención, una etapa de fundación, acomodo y construcción de identidad.

Las instituciones necesitan tiempo para construirse y más aún para consolidarse, y el problema de la Convención es que corre contra el tiempo. Lamentablemente, ha causado una débil “primera impresión”. Por eso, la negativa evaluación ciudadana debe ser escuchada por los convencionales constituyentes y, especialmente, por sus líderes, quienes debieran cambiar su estilo de conducción y revisar las prioridades que están relevando.

Sin duda la ciudadanía esperaba ver en la Convención un espacio de encuentro y diálogo, algo distinto a la polarización que se observa en el Congreso. Es probable también que vieran la posibilidad de encontrar soluciones reales y concretas a los temas que les preocupan, y no respuestas a los problemas de almuerzo, traslado, o asignaciones de los políticos que la integran. Lo que han visto hasta ahora está lejos de ser el órgano que sentará la propuesta sólida y representativa de texto constitucional para una nueva etapa de Chile.

El primer día de la Convención pudo ser crítico, pero el liderazgo de una funcionaria ayudó a encauzar el conflicto y liderar la sesión. Ahora es el turno de quienes la conforman: dejar atrás estas primeras semanas y dar paso a una forma de liderar que resguarde a las minorías, que promueva acuerdos amplios, que ponga en el centro a las personas al momento de discutir las reglas, y que demuestre un estilo de cooperación y diálogo que conduzca a un buen texto para la nueva Constitución.

/por Ernesto Silva para La Tercera