Una gran conmoción ha causado el reconocimiento de la mentira con la cual el convencional constituyente Rodrigo Rojas Vade —hasta hace pocos días el vicepresidente adjunto de la Convención Constitucional y uno de los fundadores de la LdP— sustentó su exitosa campaña política y su notoriedad desde el 18-O. Lo más interesante de este perturbante caso no es el hecho de que le haya mentido a todo el país y a su amplio electorado, o que se haya convertido en un símbolo de la supuesta “revuelta” basado en un victimismo millenial y en un falso cáncer, sino que más bien las valiosas lecciones que podemos desprender de este, en cuanto nos enseña una gran verdad política y anti-populista: la pureza política no existe y el supuesto pueblo “puro” e “iluminado” es una mera ficción de ideólogos emborrachados con el asambleísmo y la democracia radical.

La tradición populista o el populismo es una ideología que establece una oposición simplista entre fuerzas sociales y políticas: la supuesta existencia de un “pueblo puro”, que se supone posee una voz concreta y homogénea, contra una élite corrupta que supuestamente explota a aquel pueblo “honesto” al crear una presunta dominación a través de una “democracia protegida”. De esta forma, el populismo plantea que la política debe ser lo más cercana a la democracia radical, al asambleísmo y al pueblo posible, de manera de que se pueda respetar la soberanía de dicho “pueblo”, representar su voz y combatir la explotación de la élite.

El populismo entonces busca homogeneizar a la élite y al supuesto pueblo, al tratarlos como entidades singulares o como entidades grupales con una voluntad propia y discernible. Así, la élite sería un grupo homogéneo donde caben los empresarios, los líderes de los medios de comunicación, los partidos políticos tradicionales y las instituciones independientes como el Banco Central, para luego catalogarlos de malos, explotadores, corruptos y antidemocráticos. De la misma forma, el pueblo sería supuestamente aquel conjunto de personas puras y buenas que serían explotados por dicha élite, el cual no puede expresar su voz, ya que estaría reprimido por la democracia representativa liberal, una Constitución (supuestamente) “tramposa” y organismos independientes que no están abiertos a la deliberación (como el Banco Central).

No cabe duda de que en el contexto nacional la ideología populista ha estado muy presente en la última década, sobretodo después del movimiento estudiantil del 2011, y ha permeado de manera considerable en el discurso “deliberativo” y “populista” de la izquierda más radical y en la cultura de los movimientos sociales y de las manifestaciones. En dicho discurso populista se ve la gran influencia del intelectual post-marxista argentino Ernesto Laclau (1935-2014) y la intelectual Chantal Mouffe, los cuales han intentado construir un tipo de política post-marxista basada en Gramsci, el post-estructuralismo y las teorías de la identidad, redefiniendo la estrategia política de izquierda en términos de democracia radical, populismo y movimientos sociales. De esta forma, Chantal Mouffe (2019) ha incluso planteado que las fuerzas de izquierda contemporáneas deben adoptar la lógica del populismo para poder establecer hegemonía política y cultural, para así promover reformas radicales y emancipadoras.

Este discurso populista de izquierda se ha venido incubando en Chile en las últimas décadas, y ha alcanzado su auge discursivo después del 18-O y con la irrupción de la Lista del Pueblo y sus constituyentes como Rojas Vade. Con algunos matices más y menos, los principales representantes intelectuales a nivel nacional que muestran pinceladas de dicho movimiento y retórica populista son los trabajos de Carlos Ruiz Encina, considerado como el ideólogo del Frente Amplio (ver aquí), Camila Vergara (ver aquí) y Fernando Atria (ver aquí), entre otros. Incluso hasta existe hoy una nueva revista de izquierda llamada Revista Plebeya, que busca la “divulgación del pensamiento populista y plebeyo en Chile”.

Así, por ejemplo, utilizando dicha retórica populista, la misma Revista Plebeya en su última Editorial trata de interpretar nuestra crisis social como una supuesta revuelta de hastío “popular”, en donde aquel presunto pueblo explotado por una élite “neoliberal” y corrupta se habría rebelado contra aquellos 30 años de subyugación mercantil. En sus propias palabras: “Así, en la revuelta popular del 18 de octubre la construcción del pueblo como significante político adquirió fuerza discursiva a partir de la demanda por dignidad, construyendo una clara frontera antagónica contra las élites económicas y políticas que edificaron la transición chilena y consolidaron el modelo neoliberal impuesto en dictadura”.

Basta con saber algo de historia de nuestro continente para entender cómo este tipo de populismo de izquierda —en la práctica— es sumamente nocivo, ya que representa grandes riesgos para la democracia representativa, para la libertad de expresión, para las instituciones independientes como los bancos centrales y para una sociedad productiva y dinámica que busca generar valor. Pues bien, basta con ver el mejor caso de populismo institucionalizado en Latinoamérica (Argentina), para darse cuenta de los riesgos de romantizar e instrumentalizar “al pueblo puro” y el de utilizar dichas retóricas populistas: el peronismo en Argentina es un caso de resiliente populismo que ha generado una sociedad corrosivamente clientelar, sobrepoblada de cazadores de rentas que extraen valor a la sociedad,  el cual es capaz de acomodarse —a punta de sobornos, bonos, subvenciones y rentas— a  las diferentes tendencias ideológicas, culturales y políticas que van surgiendo en dicho país. El peronismo es entonces una forma de populismo clientelar que ha sobrevivido por más de siete décadas, dejando de paso a un país devastado, sumido en una pobreza crónica y un subdesarrollo angustioso.

Así las cosas, el auge y caída de la Lista del Pueblo y del embustero de Rodrigo Rojas Vade son un excelente antídoto que nos podría ayudar a inocularnos de dicho nocivo populismo de izquierda al recordarnos, no solo que el “pueblo” como unidad coherente no existe y no existirá jamás, sino que además de que nunca podrá existir algo así como un relato moralizante de un “pueblo puro” e inmaculado que busca revelarse de injusticias inmerecidas. El cáncer que nunca fue de Rojas Vade entonces nos ayuda a desmontar la ilusión, que se ha construido después del 18-O, de que existiría un “pueblo puro” explotado por una élite corrupta; discurso venenoso que se ha anidado tanto dentro de los ideólogos de izquierda mencionados, como en la gran parte de la población nacional.

En síntesis, como lúcidamente lo ha reconocido en una entrevista el académico de la UDP experto en populismo, Cristóbal Rovira: “La ilusión de un pueblo puro se deshace con este y varios otros hitos. … me parece que resulta positivo lo que ocurrió con Rojas Vade. El caso Rojas Vade muestra que no todo el pueblo es puro y no toda la élite es mala, como lo simplifica el populismo. Todos tenemos pecados. Es la razón por la que el populismo representa un riesgo para la democracia, porque plantea no solo una excesiva simplificación, sino que también una moralización de la realidad. … Cada vez se torna más evidente que el pueblo no es puro. De hecho, el pueblo es más bien una ficción”. Al menos podemos agradecerle a Rojas Vade y a su falso cáncer de haber contribuido con su performance victimista a poder enterrar de una vez por todas aquel falso mito “Octubrista” de que “Chile despertó” junto a un “pueblo puro” que se revela, para así escribir finalmente su merecido y tragicómico epitafio.

Escrito para El íbero por Pablo Paniagua,Investigador Senior FPP. Ingeniero Civil Industrial. Magíster en Economía y Finanzas de la Universidad Politécnica de Milán. PhD (C) en Economía Política de la King’s College London.
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