Si la fallida inscripción de las primarias removió a la oposición y ahondó sus tensiones internas, la cuenta pública del martes pasado hizo lo propio con Chile Vamos. Como si de una ironía trágica para el sector se tratara, el anunció de la urgencia al proyecto de matrimonio igualitario llevó a algunos a hablar de divorcio y a otros de traición. “Lo que no se hace”, escribió Juan Francisco Lagos en una columna en referencia a la actitud del mandatario.

Y hubo quienes también denunciaron preferencias de La Moneda por uno u otro candidato -en realidad, por uno, el exministro Sebastián Sichel. Pero más allá de las negativas presidenciales, lo cierto es que la cuenta pública dejó heridos en el camino y volvió a evidenciar las tensiones que atraviesa todo nuestro sistema político.

Estamos en tiempos de cambio y el afán de unos y otros es tratar de armar el nuevo puzzle político del país, en especial tras las últimas elecciones. Y en eso nuestros columnistas no se quedan cortos. Como escribe Ascanio Cavallo el domingo pasado “la complejidad de los datos amerita un análisis desapasionado, riguroso y hasta donde se pueda objetivo”. Algo que, agrega, no parece reinar en los partidos, donde hoy prima un “calculismo atolondrado” y un “pánico suicida” -no es para menos cuando algunos ven en los resultados un temor a su sobrevivencia.

Pero el hecho, precisa Cavallo es que los datos entregan algunas claves: en el plebiscito de octubre “votaron 1 millón 270 mil personas por primera vez” y en ese grupo encontró, probablemente, parte de su votación la Lista del Pueblo. Pero también, “una oleada de votos antiguos no concurrió a las urnas en mayo”.

Y eso último lleva al otro punto: ¿por qué un 57 % de los chilenos optó por no votar? Y aquí, Josefina Araos del IES sugiere una respuesta en su columna del domingo -pero como todo en estos tiempos queda siempre en el ámbito de la especulación. Según ella, “entre un sector de la derecha apanicado y otro en la izquierda que abraza posiciones maximalistas, va quedando entre medio un espacio vacío”. Y es ese el que no se siente representado como para ir a votar.

La clave estaría, según Araos, en ofrecer un relato a ese sector, uno que según ella aspira a un “cambio”, pero uno “conservador”.

Y en esta discusión vale también la interrogante que se plantea Héctor Soto. “Está claro que está cambiando el ciclo político, que vamos a uno totalmente nuevo y que tendrá que correr bastante agua bajo los puentes antes de que el sistema recobre los equilibrios que en los últimos años se perdieron. Pero ¿qué hacemos mientras tanto?”, sostiene. La gran clave es asegurar gobernabilidad y eso no está asegurado.

Es cierto, que duda cabe, como agrega Soto “que se nos está haciendo mucho más fácil organizar elecciones que desentrañar las verdaderas tramas de la voluntad nacional”. En especial de esa, podríamos agregar, citando el punto de Araos, que hoy no se siente representada por las ofertas disponibles. El que lo haga puede asegurar su futuro político. El problema es que las historia nos enseña que son los populismos los que más se benefician de esas disyuntivas.

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