Lo decía Oscar Guillermo Garretón hace algunos días. La normalización de la violencia nos puede llevar a parecernos más al drama que vivieron países como Colombia y México que a otras naciones de la región. Es verdad que en el mundo vivimos un aumento de la violencia social, lo vimos por ejemplo en Estados Unidos, a comienzos de año, con el asalto al Capitolio. Y se dio también en Holanda, un país que parecía ajeno a ello, con las violentas protestas contra el toque de queda decretado para hacer frente a la pandemia. Pero en el caso de Chile, ¿qué nos ha llevado a la situación actual? ¿Qué explica que hoy estemos temiendo una normalización de la violencia?

Max Colodro pone un punto en su columna del domingo. Según él, “al calor del movimiento estudiantil, un sector relevante de la ciudadanía volvió a considerar la violencia como una forma legítima de expresar su descontento frente a los abusos y las injusticias”. Pero, es cierto también que la valoración de la violencia no es algo reciente, “al menos desde la década del 60 ha habido sectores en Chile que la defienden”. Por ello, concluye “parece tentador afirmar que la violencia es un fenómeno del Chile de los últimos años. Pero quizá nunca ha dejado de estar ahí, esperando la ocasión para confirmar que desde hace mucho tiempo no sabemos ni podemos vivir sin ella.

Pero como toda sociedad debe organizarse, hay violencia legítima e ilegítima. Y a ese tema apunta Gonzalo Cordero al analizar el actual panorama que vivimos en Chile. “Las sociedades modernas”, recuerda, “existen sobre la base de un acuerdo fundacional: las personas renunciamos al uso de la fuerza para la resolución de conflictos, quedando el monopolio de su uso radicado en el estado”. ¿Qué pasó entonces? ¿Por qué parece que la violencia se ha institucionalizado? Para Cordero la respuesta es clara: cuando mira “como ‘iguales’ al que está violando la ley con el que está ejerciendo el mandato de hacerla cumplir”, se da el primer paso “hacia esa perversión”, asegura.

En esta discusión sobre el clima de violencia que vive el país y la lenta pérdida de espacios reales para la discusión civilizada, la abogada y profesora de la Universidad Austral Yanira Zuñiga pone otro punto, el de la necesidad de escuchar voces diferentes, una práctica que parece escasear por estos días en Chile. A partir de la polémica por lo sucedido en La Moneda la semana pasada, cuando la presidenta del Senado terminó hablando sola tras la convocatoria del presidente, Zuñiga. “Escuchar voces diferentes permite (…) abordar de mejor manera los conflictos”, escribe. Y lo que “destila el episodio antes citado (es) el predominio (…) de voces bélicas como fórmula política”.

Y si hablando de sociedad violenta, vale la pena leer la columna de Iván Poduje, que generó más de una reacción en redes sociales y que tituló “Fascistas en dos ruedas”. “Este jueves regresaba a mi casa y varias calles estaban más lentas que de costumbre. (…) Finalmente entendí lo que ocurría: una enorme caravana de ciclistas cerraba rutas para abrirse paso por la ciudad”, recuerda. Y concluye luego que “la superioridad moral de algunos ciclistas escaló a una intolerancia peligrosa como bien dijo el arquitecto Marcelo Ruiz. No es chiste que tres mil personas corten rutas y amenacen al resto”, independiente de las motivaciones detrás de la protesta.

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