Muchas versiones han circulado en torno al momento en que Boric decidió no recibir las cartas credenciales del embajador israelí en Chile, Gil Artzyeli, quien debió abandonar el jueves pasado La Moneda al enterarse de la intempestiva reacción del Presidente.

Lo que más se habló entonces en el gobierno fue que el Presidente se había enterado a última hora de la muerte del adolescente palestino de 17 años Uday Salah en Cisjornadia tras un operativo de las Fuerzas Armadas israelitas y que entonces terminó tomando la decisión a solas en un instante de gran molestia. El desenlace de lo que pasó después es ya conocido.

Una semana después, en los bastidores de La Moneda señalan que lo sucedido fue lo siguiente.

A Boric le contaron en la mañana de ese día de la muerte de Uday Salah, luego de que soldados del Ejército israelí realizaran una redada en la localidad de Kafr Dan con el fin de ubicar las casas de Ahmed Abed y Abdul Rahman Abed, a quien Israel calificó como “los terroristas involucrados” en la muerte del mayor israelí Bar Falah, ocurrida el miércoles.

Enterado de lo ocurrido, el Presidente le encomendó rápidamente a su jefe de gabinete, Matías Meza-Lopehandía, que cambiara la fecha de la recepción de las cartas credenciales del embajador de Israel en Chile, a partir del asesinato del adolescente. Y Meza-Lopehandía, sin más, echó a andar la operación para llevar a cabo las instrucciones de Boric.

La Canciller Antonia Urrejola fue informada de la decisión del Presidente. Y, según diversas fuentes de gobiernbo consultadas por Ex-Ante, no estuvo de acuerdo con la determinación. Entonces acudió a hablar con él.

De acuerdo a las mismas fuentes, Urrejola le hizo ver a Boric su desacuerdo con la decisión de no entregar las cartas credenciales al embajador. No se conocen los argumentos que le expuso. Lo que está claro es que el Presidente reaccionó con gran molestia al escucharla, dicen conocedores de la conversación.

El Presidente, en tono golpeado, le habría dicho que es él quien conduce las relaciones internacionales del país.

Urrejola terminó comunicándole al embajador de la decisión de Boric. Y, minutos después, se supo que la Canciller lo había convocado a un encuentro para las 16:00 en la sede del Ministerio de Relaciones Exteriores. Vale decir, 4 horas después del desaire en La Moneda. A esa altura, el subsecretario de Relaciones Exteriores de Israel, Emmanuel Nashhon, había protestado formalmente y en duros términos por lo ocurrido.

La reunión del embajador en la Cancillería duró una hora y media. Y, a la salida, el embajador Gil Artzyeli -y no Urrejola- entregó una versión de lo conversado, señalando que le habían pedido disculpas a él y al Estado de Israel.

El gobierno guardó completo silencio las 48 horas siguientes, en medio de críticas transversales a la decisión presidencial. El sábado, el Ministerio de Relaciones Exteriores emitió un comunicado, donde, al revés de lo expresado Artzyeli, el gobierno chileno reafirmó su posición “en el marco de la sensibilidad política que generó la muerte de un adolescente palestino de 17 años, en el norte de Cisjordania, durante una operación del Ejército de Israel, ocurrida el mismo día de esa presentación”, dice la declaración.

Lo que ha debilitado la argumentación del presidente – más allá de que hay unanimidad entre los especialistas de que su actitud rompe las reglas básicas de la diplomacia- es que ese mismo día en que se rehusó a recibir las credenciales del embajador de Israel, sí recibió las del embajador de Arabia Saudita, cuyo gobierno ha sido acusado de numerosas violaciones a los derechos humanos, además de discriminar fuertemente a las mujeres e incluso de haber ordenado el asesinato a un periodista de ese país que colaboraba con The Washington Post.

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