Muy pronto se abortó la idea de mantener las elecciones para el 10 y 11 de abril. Ahora serán cinco semanas más tarde. Y eso, pese a las reticencias de políticos y analistas. Varios insistieron el domingo pasado en ese punto en las páginas de este diario. Para Max Colodro, por ejemplo, la indecisión frente a la idea de cambiar la fecha de las elecciones “es el síntoma perfecto de los problemas políticos e institucionales que, al menos desde el estallido, han socavado la confianza y la credibilidad del gobierno”. Ha sido incapaz, asegura, de “generar un mínimo de certidumbre aún en tiempos inciertos”, que es, después de todo, lo que debe hacer un gobierno.

Y Colodro no está solo en su análisis. Lo dijo también Héctor Soto en su columna del domingo. “La sensación de incertidumbre y fragilidad que transmite el escenario responde en gran parte a que, por primera vez en mucho tiempo, no sabemos quién está al mando”, escribe. Pero va más allá de la gestión política en pandemia, porque si bien en el proceso de vacunación, el país va bien encaminado, “en el ámbito de las otras crisis esa percepción es mucho más débil”. Y aquí los dardos los apunta a la debilidad de liderazgo presidencial, pero también a una ciudadanía que “espera peras del olmo”. Quizá tiene razón y sólo queda “apretar los dientes”.

Mal diagnóstico para el que quería ser el gobierno de la excelencia. Y al que se suma el de Ascanio Cavallo que advertía el domingo, antes del anuncio del envío del proyecto para cambiar la fecha de las elecciones, el riesgo que veía en esa medida. Porque para él, “una nueva postergación de las elecciones, aun con las más santas razones del mundo, podría afectar la credibilidad del proceso”. Y eso, finalmente, termina afectando a la democracia. Ya lo había dicho este diario en un editorial hace algunos días, “el gobierno debe tomar todas las medidas para garantizar las elecciones de abril”. Pero no lo logró. Para el cientista político Javier Sajuria todo responde a la “doctrina de la imprevisión”.

 

Y en este punto la abogada y académica Yanira Zuñiga agregó otro punto al debate en su columna del miércoles pasado. “No cabe duda que la protección de la salud de las personas es prioritaria, pero también lo es la salud de la democracia. Por eso, posponer las elecciones no es algo trivial, señala. Y agrega: “En su discurso… el Presidente Piñera sostuvo que este aplazamiento se justifica, además de las razones sanitarias, en la necesidad de asegurar una adecuada participación ciudadana. (…) Esto incluye que el resultado no termine distorsionado por la asimetría que produce el dinero”. Un punto que también apuntó Eduardo Engel en una entrevista el miércoles pasado (ver aquí).

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