La candidata presidencial Yasna Provoste planteó lo siguiente en una entrevista el fin de semana, a propósito de sus diferencias con Sebastián Sichel: “A él lo apoyan los empresarios que esperan que les dé tranquilidad y garantías de que este modelo sea una vez más protegido como algo sacrosanto y aparentar que las cosas cambian para que nada cambie mucho”. Señalaba además que era la mejor para enfrentar las importantes transformaciones que se requieren en el modelo. La entrevista me produjo una sensación de deja-vu, recordando cuando en 2013 un grupo de académicos, liderados por Fernando Atria, publicaba “El otro modelo”, cuyo postulado central era que el famoso “modelo sacrosanto”, como lo denomina Provoste, requería ser modificado en forma significativa para resolver las demandas sociales pendientes.

Lo que ocurrió después es por todos conocido. Bachelet tomó este libro como la base de su programa de gobierno, obteniendo un gran triunfo, no sólo con la presidencia de la República, sino que teniendo también la mayoría parlamentaria necesaria para implementar sus reformas y desterrar el modelo neoliberal, causante del principal problema de nuestro país: la desigualdad. Las reformas más importantes de ese programa se aprobaron: la reforma tributaria centrada en que los ricos pagaran más impuestos para “comprar paz social”, la reforma educacional que iba a terminar con el lucro, causante de la inequidad, y la reforma laboral, que iba a emparejar la cancha entre trabajadores y empresarios. Este mix iba a permitir la ansiada mayor igualdad, terminando con los vicios del modelo neoliberal. Finalmente, lo que ocurrió es que estas reformas no sólo no lograron sus objetivos, sino que contribuyeron a profundizar los problemas, ya que generaron un impacto muy negativo en el crecimiento.

Pero ahora nos dicen que el modelo neoliberal sigue reinando en gloria y majestad -¿eran inconducentes las reformas de Bachelet?- y sigue siendo el culpable de todos los problemas del país. Entonces nuevamente tenemos que cambiarlo, subiendo en forma adicional la carga tributaria, pero ahora mucho más que antes, avanzando más en rigidez laboral a través de un fuerte aumento de los costos de contratación, y agregando el ingrediente de que ahora el Estado tendrá roles más significativos en la actividad productiva. Por supuesto, lo anterior sumado a un asistencialismo más universal que antes, con derechos ahora sí garantizados. ¿Se trata de una versión de “El Otro Modelo” recargada, pero que esta vez sí va a funcionar? Muy difícil de tragar.

Estoy convencida de que el problema de esta y otras candidaturas de izquierda es que, si bien han detectado los problemas del país, tienen un diagnóstico errado sobre sus causas. Ciertamente, es necesario hacer modificaciones al modelo para resolver las demandas sociales, pero las fallas más grandes no están en el mercado, sino en el Estado. Es la acción del Estado la de que debe mejorar, lo que más que implicar recursos, se trata de modificar instituciones e incentivos. Es evidente que una condición necesaria para un desarrollo más inclusivo es mejorar el capital humano, materia en la que tenemos brechas que han tendido a acrecentarse. La inclusión laboral de jóvenes es un problema más grave que la de mujeres, pero es un aspecto del que no se habla. Los temas urbanos también parecen cruciales, y requieren de un rol del Estado mucho más integrado entre las diversas instituciones. Por último, seguridad pública, control de la delincuencia y narcotráfico, temas que no tienen nada que ver con el neoliberalismo, pero que están en el corazón de la calidad de vida de los grupos más vulnerables, y que no se solucionan con un Estado que busca asumir roles del mercado, sino con uno que cumpla en buena forma las funciones que justifican su existencia.

Por Cecilia Cifuentes, economista, para El Líbero

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