Los resultados de la Encuesta CEP indican que la fiebre del estallido social de 2019 está en retirada y que los chilenos no están muy satisfechos con la oferta electoral para las elecciones presidenciales de noviembre. Aunque seamos parte de la OECD, Chile se parece más a los países de América Latina que a los de Europa del Norte. Por eso, hay que aprender de las experiencias de elecciones presidenciales realizadas en América Latina a partir del inicio de la pandemia.

La Encuesta CEP es la primera que se realiza de forma presencial en el país. A diferencia de los paneles online que realizan otras encuestadoras o de las encuestas telefónicas que se realizan semanalmente, esta tiene la virtud de que representa de mejor forma a la población nacional.

La CEP muestra que la delincuencia ha vuelto a ser el principal problema en el país, aunque los chilenos también siguen preocupados de las pensiones. Es curioso que la CEP no haya incluido a la inflación entre la lista de prioridades. Parece que—igual que los alcohólicos en recuperación no pueden nunca bajar la guardia—América Latina no se debe olvidar que la inflación ha sido endémico en su historia.

Aunque hay más optimismo que a fines de 2020—posiblemente relacionado con el aparente fin de la pandemia—los chilenos están menos optimistas sobre el futuro ahora que a fines de 2019, cuando la euforia por el estallido social parece haber alcanzado su punto más alto. Los chilenos siguen mostrando bajos niveles de confianza. La confianza en Carabineros está en el mismo nivel que la confianza en la Convención Constitucional (26 y 24%, respectivamente).

Un tercio de los chilenos no se identifica en el eje izquierda-derecha. Pero hay más que se identifican en el centro que en los extremos. Curiosamente, usando una escala de 1-10, el CEP clasifica a la izquierda como 1-4, al centro como 5-6 y a la derecha como 7-10. Aunque eso puede ser aritméticamente correcto, la gente ve al 4 y 6 como puntos equidistantes del centro hacia la izquierda y la derecha, respectivamente. Por eso, la forma de clasificar del CEP artificialmente reduce a los que se consideran de derecha.

Pero el principal resultado de la encuesta fue que un 50% de los encuestados no sabe por quién va a votar y otro 20% menciona nombres distintos a los tres candidatos que los medios señalan como favoritos—Boric (13%), Sichel (11%) y Provoste (6%). El hecho que 7 de cada 10 chilenos mencione alternativas distintas a los tres presumibles favoritos muestra que la elección de noviembre está todavía bastante abierta.

Una mirada rápida por lo que ha pasado en América Latina en elecciones presidenciales recientes confirma que el fenómeno que se observa en Chile ha sido la dinámica de las contiendas en la región. En Perú, el candidato ganador, Pedro Castillo, aparecía en lugares secundarios en las encuestas dos meses antes de la primera vuelta. En Ecuador, Yaku Pérez, que terminó sorpresivamente en tercer lugar, emergió con fuerza en las semanas antes de la elección. En Bolivia, las encuestas zigzaguearon bastante antes de que el candidato del MAS de Evo Morales, Luis Arce, terminara imponiéndose con el 55% de los votos en primera vuelta.

Es verdad que Chile es miembro de la OECD y que preferimos compararnos con lo que pasa en los países industrializados de Europa con sistemas parlamentarios y partidos más estables. Pero Chile sigue siendo parte de América Latina. La fuerza con la que golpeó la pandemia debiera recordarnos que, aunque tuvimos mayor capacidad que nuestros vecinos para adquirir y distribuir vacunas, tenemos los mismos problemas de capacidad estatal y confianza interpersonal y en instituciones que asola a los otros países de la región. No por nada mientras el resto del mundo ya vuelve a la normalidad, en Chile todavía tenemos las fronteras parcialmente cerradas y toque de queda nocturno.

Por eso, hay que aprender de las experiencias electorales recientes de los países vecinos. La pandemia ha hecho que las personas posterguen decisiones importantes, como por quién votar en la próxima elección. Además, como en Chile estamos en medio de un proceso constituyente, no es exagerado decir que la elección presidencial es menos importante que el contenido que tendrá la nueva Constitución. Como el nuevo presidente asumirá en marzo de 2022, pero la Convención Constitucional terminará su trabajo en julio de 2022, si la Convención no gusta del nuevo presidente, bien pudiera limitarle los poderes. Luego, comprensiblemente, la gente le pone menos atención a la campaña porque habrá menos en juego en noviembre que en una elección presidencial normal.

La encuesta CEP muestra que la fiebre del estallido social ha bajado. El país empieza a imaginar el mundo post pandemia con menos optimismo que el que existía a fines de 2019. En la arena política, las opciones que ofrecen las tres principales coaliciones que hay en el país no terminan de convencer. La campaña presidencial que se viene parece ir por el camino de incertidumbre y sorpresas que atravesaron Perú y Ecuador en meses recientes.

Por Patricio Navia, sociólogo, cientista político, académico UDP, para El Líbero

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