El poder de las palabras, así se titula un cuento corto de Edgar Allan Poe. Parece un título ad hoc para estos tiempos en Chile, donde pareciera –como recordaba hace algunas semanas Josefina Araos- que es suficiente cambiar los nombres de las cosas para que la realidad cambie. Voluntarismo nominalista, decía Araos. Y esta semana sumó otro ejemplo. No más Lista del Pueblo, sino Pueblo Constituyente –hay que reconocer que la marca anterior estaba algo desgastada. ¿Voluntarismo nominalista o gatopardismo? “Somos los mismos que cambiamos logo y nombre por tema administrativo”, dijo, por ejemplo, la convencional Alejandra Pérez. Pero el hecho es que fue tan llamativa su sorpresiva aparición, como su rápido derrumbe –al menos como marca.

Y en eso del nominalismo, o más bien, del sentido de la terminología usada por estos días, varios columnistas se sumaron al debate. ¿De qué hablamos cuando hablamos de plurinacionalidad?, por ejemplo. Lo había abordado Sergio Muñoz Riveros, y lo volvió a tocar Sylvia Eyzaguirre. Para ella, “la paradoja del Estado plurinacional es que finalmente termina siendo (…) menos pluralista que el Estado unitario”. Porque, “mientras en este último la unidad se constituye a partir de la diversidad (…), en el primero no existe una identidad plural”. Por eso, más que plurinacionalidad habría que hablar de pluriculturalidad. Nueva Zelandia, Australia o Canadá –esos países a los que muchos quieren parecerse -, se destacan por su pluriculturalidad, pero se definen como nación unitaria.

 

Y el problema, agrega Eyzaguirre, es que esa visión traiciona la diversidad, porque hace que, de pronto “solo una visión” sea “moralmente superior por el solo hecho de pertenecer a uno de los pueblos”. Quizá, como agrega Claudio Alvarado, hay “un severo malentendido sobre los requisitos y condiciones del debate democrático”. Él lo señala en relación al negacionismo, que busca “fijar a matacaballo sanciones” que “atentan contra la configuración de una esfera pública abierta a la persuasión y la libre circulación de ideas”. No se trata, según él, “de asumir a priori un relativismo tosco que renuncie a examinar de modo crítico los hechos”, pero este proceso debe hacerse sin temor a represalias por parte del poder político”.

 

Consecuencias de los tiempos revueltos que vivimos dirán algunos, o de los cambios en la narrativa política. Eso al menos plantea Paula Walker para quien lo que hay hoy con la Convención Coonstitucional es una sustitución de los protagonistas, ya no más la vieja política, sino los nuevos actores. Y según ella, es “gracias a la elección de las 155 personas del poder constituyente que una nueva estética política se instaló en la agenda pública”. Una “que nos muestra otros códigos, discursos diferentes, habilidades nuevas, otros liderazgos, más mujeres y más jóvenes”. Para Walker “aparentar ser quién no se es, tapar el sol con un dedo, decir que es verdad lo que a todas luces parece mentira, es el camino equivocado”. Y eso puede ser válido para unos y otros.

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