En marzo pasado tenía que caer Piñera. Ese era el diseño de las izquierdas; fue un proyecto que la pandemia frustró.

Pero ahora, todo ha comenzado de nuevo, porque para las fuerzas insurreccionales el tiempo y el espacio están siempre en función del diseño político. Los hechos tienen que ajustarse a la teoría, y si no, peor para los hechos.

Y la teoría dice que La Moneda debe caer en manos de la izquierda. Ahora, en diciembre; o en marzo o en abril. Pero debe caer.

Además, hoy el escenario es mucho más favorable para el proyecto rupturista de las izquierdas: el Gobierno está completamente desfondado y el Presidente, siempre hiperactivo, parece en el día a día un personaje de ficción, alguien que existió en la imaginación, pero que ya no tiene densidad. A su lado, el nuevo ministro del Interior cree que el asalto a La Moneda es solo delincuencia común. Inaudita declaración en alguien que se supone “tiene calle”. Más grave aún, junto al Gobierno, la coalición que lo apoyó deambula entre el sonambulismo y el adulterio.

Las izquierdas, por su parte, gozan de la total desfachatez que les otorgó el 25 de octubre. Es lo que les regalaron todos los zonzos útiles que votaron Apruebo, sin ponderar las condiciones del adversario al que se sumaban. Por eso, las minorías del Congreso imperan como si fueran mayorías; por eso, el derecho es la referencia a vulnerar y se lo viola cada semana. Y ahí entra el asalto a La Moneda.

La Moneda es un símbolo como ninguno. ¿Qué efecto produciría un ataque exitoso al Banco Central o a la Biblioteca Nacional? Ni el más mínimo. En La Moneda se suicidó Allende, y justamente por eso, en La Moneda debe expresarse el rito que defenestre a Piñera y, a partir de ese vacío, proponga la nueva utopía.

Pero el asalto a La Moneda no consiste solo en rebasar la delgada línea roja de un perímetro físico, ese cuadrante autodefinido que no hace sino revelar hasta qué punto el cerco se estrecha. El asalto a La Moneda es más bien toda una estrategia para colocar la Presidencia en el lugar ninguno y llenar entonces ese vacío con las fuerzas de la insurrección.

Si van a lograr o no los aliados del PC instalar la idea de una elección presidencial adelantada, es cuestión dudosa; si están insinuando que la Presidencia de la República deberá ser consagrada en términos de total dependencia del Congreso en una eventual nueva Constitución, es cuestión que a nadie le puede merecer duda alguna. En 1891, sin modificaciones en el texto, los vencedores de la guerra civil le dieron la vuelta a la Constitución de 1833, como a un calcetín, para practicar un nefasto parlamentarismo. Ahora, qué duda cabe, el eventual nuevo texto constitucional dejará la Presidencia deshilachada. Hasta Germán Riesco se sentiría incómodo.

Porque las izquierdas —logren o no derribar a Piñera antes del término de su mandato— al menos cuentan con el proceso constituyente para desvirtuar por completo nuestra institución presidencial. Mientras tanto, si Piñera, un mes tras otro y a trastabillones, logra subsistir, para demostrar la fragilidad de la Presidencia, igual intentarán hacerle la vida imposible, no ya por él, por este gobierno, sino para dejar establecido que no habrá en adelante presidencia alguna que pueda sentirse segura.

El objetivo no es de corto plazo solamente; el objetivo no es Piñera. El diseño busca desacreditar por completo la institución presidencial, para que en sucesivos fracasos futuros, el poder total pueda ser un día “bien administrado” por el partido único. Nada nuevo bajo el sol.

El país vive uno de esos momentos en que la política es mucho más ideología que fuerza.

Por eso, detrás de las fuerzas de la calle, hay que saber descubrir el propósito final.

/Por Gonzalo Rojas para El Mercurio