Las declaraciones del Ministro Secretario General de la Presidencia Giorgio Jackson sobre el posible escenario que se daría en caso de ganar el Rechazo —“si gana el Rechazo sería un momento de harta incertidumbre en el país”—recuerdan uno de los mensajes preferidos de los defensores de la continuidad de la dictadura antes del plebiscito de 1988: Pinochet o el caos. Convertir un referéndum democrático en una elección trivial entre la estabilidad y el caos solo refleja los pocos argumentos que tienen aquellos que defienden la opción del Apruebo. Usar el mismo mensaje que en su momento usó la dictadura militar muestra, además, que pese a criticar tanto el comportamiento y legado autoritario, muchos en el gobierno del Frente Amplio terminaron pareciéndose a lo mismo.

Pareciera ser que el fantasma de Pinochet nos visita cada cierto tiempo. La izquierda recurre a la memoria del fallecido dictador cada vez que quiere desviar la atención. De hecho, buena parte de la campaña oficial del gobierno para el plebiscito del 4 de septiembre busca conectar la campaña del Apruebo con la impopularidad de la figura del exdictador. Como si quisiera palmar en una publicidad la frase del presidente Boric, que dijo que cualquier cosa era mejor que una constitución escrita por cuatro generales, la campaña del gobierno centra su crítica a la constitución actual en su origen ilegítimo en dictadura. De más está decir que la legitimidad de origen es una condición bastante menos importante que la legitimidad que adquiere una constitución en su ejercicio. De poco sirve que una constitución haya sido redactada en democracia si es un mamarracho lleno de inconsistencias, promesas imposibles de cumplir, e instituciones políticas tan mal diseñadas que están destinadas al fracaso. Por muy legítima que sea en su origen, una constitución mal hecha sigue siendo una mala constitución. Por eso, la campaña del oficialismo busca hundir la constitución de 1980 de tal forma que la propuesta de constitución de 2022 no parezca tan mala. Al hacerlo, muestra la adicción que tiene la izquierda a recurrir siempre a la imagen del dictador.

Pero la derecha también usa y abusa de la figura de Pinochet. Después de haber sido incapaz de asumir desde el gobierno su responsabilidad de hacer valer la ley y el orden, la derecha chilena parece presa de un sentimiento de culpa por no haber denunciado las violaciones a los derechos humanos cuando correspondía hacerlo, en dictadura. Cuando estuvo en el gobierno de forma democrática, especialmente a partir del estallido social de 2019, la derecha siempre titubeó en usar el legítimo monopolio de la violencia que posee el Estado. Esa falta de coraje moral para usar la fuerza cuando había que hacerlo puso a Chile en un camino cuesta abajo en materia de orden público. Los saqueos se hicieron parte de la cotidianeidad. Los ataques a carabineros y la falta de respeto generalizada de la población a la autoridad es un fenómeno que se acrecentó con mucha fuerza después del estallido social. Es verdad que la delincuencia ha empeorado más aún desde que Boric asumió el poder. Pero el orden público se le escapó de las manos al gobierno cuando Piñera estaba en La Moneda.

Irónicamente, la figura de Pinochet tiende a aparecerse con más fuerza precisamente cuando el país entra en temporada electoral. Porque las fuerzas políticas siguen atrapadas en la misma división que se produjo en el plebiscito de 1988, cada vez que los chilenos vuelven a las urnas, se revive esa división histórica. En la segunda vuelta de la elección presidencial pasada, la división entre el Sí y el No a Pinochet se hizo muy patente. Una vez más, ganó el No.

Ahora que entramos en temporada de campaña, la sombra de Pinochet vuelve a aparecer con fuerza en el país. El gobierno la quiere aprovechar para darle un muy necesitado impulso a la campaña del Apruebo. Pero los dichos del ministro Giorgio Jackson parecen dejar en claro que las tentaciones autoritarias no son patrimonio de la derecha. Cuando sugiere que las opciones son dos, la nueva constitución o el caos, Jackson desnuda una profunda falencia valórica. En una contienda democrática, la gente tiene que ser capaz de tener al menos dos opciones legítimas. Si las opciones son el caos o la normalidad, la gente no tiene, en realidad, nada que escoger. Solo debe marcar la única opción razonable.

El Ministro Jackson ha puesto la sombra de Pinochet nuevamente en el centro del debate político. Pero esta vez, el heredero de ese autoritarismo que representa Pinochet es la propia izquierda que está haciendo suya la amenaza que emitió Pinochet en 1988. Jackson, igual que el líder político cuyo legado la izquierda ha combatido por tantas décadas, ha mostrado su poca convicción democrática advirtiéndole a la gente que si no vota como él quiere, el país será víctima del caos y la inestabilidad.

Por Patricio Navia, sociólogo, analista político y profesor de la UDP, para El Líbero

/psg