“Desde ya me pongo a tu disposición, @gabrielboric”. Ese fue el tuit de Jaime Bassa el domingo en la noche, identificando sus propias agendas con el Apruebo, la nueva Constitución y los “sectores democráticos”. Al parecer, nada logrará que cierta izquierda asuma nuestra prosaica realidad política. Porque la verdad es que el 80% del Apruebo no tenía dueño, que solo habrá nuevo texto constitucional si consigue un apoyo transversal de cara al plebiscito de salida y que el disenso político -que existan votantes de derecha- es inherente a la democracia.

Ninguna de estas “pasadas de rosca” es anecdótica, pues se relacionan directamente con el escenario que instaló la primera vuelta presidencial. En efecto, después de la elección de convencionales la nueva izquierda cometió el mismo error de Michelle Bachelet y, sobre todo, de Sebastián Piñera. Ese error fue confundir una mayoría electoral circunstancial y pasajera con un supuesto e inexistente respaldo masivo a la totalidad de sus proyectos políticos (un equívoco que, dicho sea de paso, también podría afectar la candidatura de Kast).

En rigor, el extravío de la izquierda ha sido profundo y reiterado. Muestra de ello es que se intentó indultar (amnistiar) graves hechos de saqueo, violencia y vandalismo; que se excluyó la libertad de enseñanza del temario mínimo de derechos fundamentales que discute el órgano constituyente; que se ha insistido -en el programa de Jadue, en la comisión de ética de la Convención y en el entorno de Boric- en poner cortapisas a la libertad de expresión; que suele tildarse de xenófobo a quien se toma en serio las percepciones del Chile profundo sobre migración; que de nuevo se quiso derrocar al Presidente de la República democráticamente elegido; y en fin, que hasta se le regaló la bandera blanca, azul y roja al adversario (su recuperación exigirá más que campañas de redes sociales). En este contexto, no sorprende que Bassa haya vuelto a poner en duda la duración del próximo período presidencial. La “inestabilidad” -Depolo dixit– pareciera ser la promesa.

Así, el mismo conglomerado que dice reivindicar a los sectores excluidos es tan cosmopolita como desarraigado. Es decir, desconoce o incluso desprecia las angustias e inquietudes del pueblo real: de las personas de carne y hueso. Sin duda hay claros indicios de que los ciudadanos anhelan cambios muy significativos, pero -en los términos del proyecto “Tenemos que hablar de Chile”- se aspira ante todo a un cambio estabilizador, que combata la precariedad y brinde seguridades en las distintas dimensiones de la vida cotidiana. En salud, educación y pensiones, por supuesto, pero también en orden público y en la lucha contra la delincuencia y el narcotráfico.

Quizá en la dirigencia universitaria conviene jugar a ser el más revolucionario. Otra cosa, sin embargo, es pretender gobernar un país estirando los elásticos una y otra vez.

/escrito para La Tercera por Por Claudio Alvarado Rojas, Director ejecutivo del Instituto de Estudios de la Sociedad

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