“Esto no es el fin, ni siquiera es el comienzo del fin. Pero, posiblemente, sea el fin del comienzo” dijo Winston Churchill en su famoso discurso después de la batalla de El Alamein en la Segunda Guerra Mundial. Y después del domingo la frase resuena en más de una de las explicaciones de lo sucedido. Es el fin definitivo –esta vez sí que sí- de la transición, qué otra lectura se le podría dar al hecho de que las dos coaliciones que dominaron la política chilena salieron cuarta y quinta en las preferencias de los votantes. Pero para otros es también el fin del espíritu refundacional nacido tras el 18 de octubre del 2019. El Nuevo Chile, si bien enfrentará una polarizada segunda vuelta, parece haber movido el eje desde la refundación a una agenda más moderada, como apuntaba Vittorio Corbo en una entrevista a Pulso.

Pero sea moderación o fin de la refundación, lo que sí tiene base empírica, para Ascanio Cavallo, a la luz de las elecciones del domingo es “la tesis de que Chile vive una fase de contraestallido”. La historia siempre ayuda a entender el presente. Sucedió en 1968 con el triunfo de Nixon en Estados Unidos y en Francia, ese mismo año, con la victoria de la derecha gaullista sólo meses después del histórico mayo del 68. A toda acción sigue una reacción. El asunto, agrega Cavallo, es que ante esa realidad “la interpretación del “estallido” vuelve a ponerse en discusión”, porque “el país no vivió ese momento como lo han creído intelectuales y dirigentes de izquierda”, según él. Lo que era parece haber dejado de ser. La tesis de la refundación sumó menos del 30%. Y no hay nada peor, agrega, “que leer los hechos con los anteojos oscurecidos por el entusiasmo o la exaltación”.

Lo apuntaba también Max Colodro. En esta elección se terminaron manifestando “las señales de hastío y cansancio que venían develándose desde hace ya varios meses”, un “hastío con la violencia y sus apologistas” con “los delirios refundacionales” y “con la incapacidad para reconocer los enormes avances sociales y económicos que la mayoría de los chilenos ha vivido en estas últimas tres décadas”. Pero también quedó claro, agrega, “que la inseguridad y el temor generado por la violencia nunca resultan gratis”. El domingo hubo un llamado resuelto a “parar la chacota”, agrega Héctor Soto. “El naipe se rebarajó” y “no puede seguir prolongándose” el amargo trance vivido en los últimos años sólo porque su clase política ha sido incapaz de llegar a elementales acuerdos en torno a desafíos impostergables”. Habrá que ver si escuchan el mensaje.

Y si para Pablo Ortúzar un primer análisis de los resultados sugiere entre otras cosas una izquierda que se equivocó al negarle legitimidad a la clase media de transición” y que pecó de arrogante, para Daniel Matamala hay otra lectura de lo sucedido. Para él, los clivajes orden vs cambio o jóvenes contra viejos son importantes pero no son el factor fundamental. El asunto es “territorial”. Hay una zanja cultural y geográfica entre quienes votaron por Kast y los que votaron por Boric. Cuando causas como el feminismo, el veganismo o el lenguaje inclusivo “se defienden con superioridad moral, y menosprecio del otro, la mesa queda servida para una reacción”. Y si a ello se agrega que los retiros de AFP y el IFE han creado una bonanza artificial, las transformaciones pierden su urgencia. Al final, apunta Matamala, la izquierda generó su propia “resaca después de la ola”.

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