En sus orígenes, el Sistema Solar no era precisamente un lugar tranquilo. Tras la formación del Sol, en efecto, el material ‘sobrante’ formó un anillo alrededor de la estrella recién nacida, y allí se fue aglutinando en fragmentos cada vez mayores, los ‘planetesimales’, que fueron creciendo con el tiempo a base de fusiones y colisiones hasta dar lugar a los planetas terrestres que conocemos: Mercurio, Venus, la Tierra y Marte.

Aún así, no todos los recursos disponibles pasaron a formar parte de esos mundos. De hecho, un número incalculable de violentas colisiones protoplanetarias ‘devolvió’ al espacio parte de ese material en forma de rocas de todos los tamaños. Los científicos piensan que esos escombros terminaron a su vez orbitando al Sol, para desde allí volver a bombardear a los planetas en crecimiento y dejando, también, una huella profunda en la composición del cinturón de asteroides, la ‘escombrera’ del Sistema Solar interno que ocupa el vacío que existe entre Marte y Júpiter.
Sin embargo, algo que desconcierta a los astrónomos desde hace décadas, el cinturón de asteroides no parece contener registro alguno de todos esos escombros espaciales de impacto, una cuestión a la que los científicos se refieren como ‘el problema del manto perdido’. ¿Dónde fueron a parar entonces todos esos fragmentos?

¿Y si no hubiera escombros de impacto?

Ahora, dos astrónomos de la Universidad Estatal de Arizona creen haber dado con la respuesta. Y tras realizar complejas simulaciones informáticas que reflejan la dinámica de aquellas colisiones, los científicos han descubierto que las mayores de ellas no lanzan al espacio fragmentos sólidos o fundidos, sino que vaporizan las rocas, convirtiéndolas en gas. Un gas que escapa mucho más fácilmente del Sistema Solar que el material sólido y que no deja prácticamente ningún rastro tras de sí.

«La mayoría de los investigadores -afirma Harrison Allen-Sutter, coautor de un estudio recién publicado en ‘ The Astrophysical Journal Letters’-, se enfocan en los efectos directos de los impactos, pero la naturaleza de los escombros ha sido poco explorada».

Travis S. J. Gabriel, primer firmante del artículo, explica por su parte que «hace tiempo que se entendió que se necesitan muchas colisiones grandes para formar Mercurio, Venus, la Tierra, la Luna y quizás Marte. Pero la tremenda cantidad de escombros de impacto que se espera de este proceso no se observa en el cinturón de asteroides, por lo que siempre ha sido una situación paradójica».

Los resultados de este estudio también ayudarán a que se comprenda mejor el origen de la Luna, que nació como consecuencia de uno de esos grandes impactos, contra un objeto que se cree que tenía el tamaño de Marte y que ha sido bautizado como Theia.

«Tras formarse a partir de los escombros de esa colisión lanzados al espacio por la Tierra -prosigue Gabriel- la Luna también habría sido bombardeada por el material expulsado en órbita del Sol durante sus primeros cien millones de años de existencia. Si esos escombros hubieran sido sólidos, podrían haber comprometido o influido fuertemente en la formación inicial de la Luna, especialmente en las colisiones más violentas. Sin embargo, si el material estaba en forma de gas, es posible que los escombros no influyeran en absoluto en la Luna temprana».

Ahora, Gabriel y Allen-Sutter se disponen a profundizar aún más en esta línea de investigación, algo que no solo resultará útil para saber más sobre los planetas de nuestro sistema, sino también para comprender cómo se formaron muchos de los miles de mundos que ya hemos observado más allá de los dominios del Sol.

En palabras de Gabriel, «existe una creciente evidencia de que ciertas observaciones de telescopios pueden haber captado directamente imágenes de escombros de impactos gigantes alrededor de otras estrellas. Y dado que no podemos retroceder en el tiempo para observar las colisiones en nuestro propio Sistema Solar, estas observaciones astrofísicas de otros mundos son un laboratorio natural para que podamos probar y explorar nuestra teoría».

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