Desde que -hace ya más de un siglo- Argentina fuera uno de los países más ricos del mundo, ninguna nación de América Latina ha alcanzado el pleno desarrollo y tampoco ninguna se encuentra próxima a lograrlo en el corto plazo. Lo cierto es que no hay país latinoamericano que ocupe una posición entre los cuarenta de mejor desarrollo humano según el último reporte sobre esta materia elaborado por las Naciones Unidas (en el que Chile asoma como el primero de este lado del mundo en el puesto #43). Apenas dos, nuestro país y Argentina, se posicionan entre los cincuenta mejores del orbe y ninguna, sobre todo el segundo, tiene asegurada esa categoría. Irlanda, Grecia, Eslovenia, Estonia y Corea del Sur, otrora economías de pocas luces, se posicionan ahora muy por sobre cualquiera de sus pares en América Latina.

Pero unas cuantas naciones latinoamericanas han vislumbrado la meta del desarrollo más cerca que la mayoría de sus vecinos. Poco más de 30 años atrás, Venezuela parecía destinada a ser el primer país desarrollado del subcontinente. Pero, en cosa de dos décadas perdió, increíblemente, cuatro quintos de su Producto Interno Bruto, transformándose en un territorio donde ahora campea la pobreza (en el último Reporte de Desarrollo Humano se encuentra fuera de los cien países de mejor desarrollo humano, en la posición 113). No debe haber un caso de un retroceso tan abrupto y dramático en el transcurso de la historia moderna de las naciones.

Mucho antes, en la década de los cincuenta, Cuba mostraba sus credenciales como la más desarrollada de su tiempo entre los países latinos, pero la debilidad de sus instituciones y un gobierno incorregiblemente corrupto dieron paso a una revolución que la situó en un nivel de desarrollo mediocre (y por momentos precario) que ya dura más de medio siglo.

Y está el extraordinario caso de los trasandinos, que en 2014 mereció una portada de la revista The Economist bajo el título de “La parábola de Argentina” -causando un razonable escozor entre nuestros vecinos-. El artículo mostraba a una nación cuyo PIB per cápita a inicios del siglo 20 era mayor que el de Alemania, Francia o Italia, pero donde tuvo lugar un declive “seductoramente gradual”, que se tomó décadas para deshacer paso a paso el camino que la había puesto en ruta directa hacia el desarrollo. Vista desde este lado de la cordillera, a mediados del siglo pasado casi todo en la nación transandina trasuntaba status de país desarrollado, provocando admiración en los chilenos de la época. Nada parecía que podía sacarla de ese envidiable pedestal. Pero lo que se juzgaba imposible fue haciéndose, lenta y trágicamente, una triste realidad: un territorio donde actualmente se enseñorea la pobreza y una sociedad asolada por la desesperanza. El pleno desarrollo, que parecía el destino seguro de un país extraordinario en muchos sentidos, se esfumó de entre sus manos y ha desaparecido del horizonte de posibilidades de las generaciones actuales. “Nada nos libra, nada más queda”, cantaba Gustavo Cerati, quizá sin reparar que esas sentidas palabras representan mejor que muchas el devenir de “una nación del futuro que quedó atrapada en el pasado”.

¿Se imagina el lector lo que habría significado para Chile compartir una de las fronteras más largas del mundo con un país desarrollado -por ejemplo, con un PIB per cápita como el de España, de US$42.000- como pudo ser el caso de nuestro vecino allende Los Andes que, sin embargo, sólo alcanza solo a los US$22.000? A propósito, Portugal ha tenido precisamente la buena fortuna de una virtuosa vecindad como la imaginada en la pregunta.

Durante la campaña de 2017 que culminó en la elección de Sebastián Piñera por segunda vez al mando de la nación, el juego de palabras “Chilezuela” irrumpió de pronto para significar el riesgo que implicaría un segundo gobierno de la Nueva Mayoría bajo la presidencia de su candidato, Alejandro Guillier. Nunca se sabrá la magnitud del efecto electoral que tuvo ese mote, pero es improbable que haya sido nulo, sobre todo en sectores temerosos de la persistencia de una economía morosa que había dejado de expandirse por primera vez en más de un cuarto de siglo. En cualquier caso, el riesgo que ese posible gobierno de Guillier convirtiera a Chile en una segunda Venezuela era tan bajo que al fin “Chilezuela” no pasó de ser una ocurrencia del marketing político que pudo tener efecto en la decisión de voto de algunos electores. Pero, ¿qué hay de la noción de “Chilentina”, que ha surgido al calor de la actual campaña presidencial, con menos fuerza, hay que decirlo, sugiriendo que aquí podría estar incubándose un escenario de bajo crecimiento de la economía y de la inversión, acompañado de una alta inflación y una deuda pública en la práctica impagable, todas realidades que ha experimentado el vecino país en los últimos lustros?

“El verdadero peligro inadvertido es la Argentina del siglo XXI” afirmaba el mencionado artículo de la revista The Economist en 2014. Podría ser que esta vez “Chilentina” simbolice riesgos reales de los que cuidarse y bastante más inminentes que los que anunciaba “Chilezuela” en 2017. Queda por verse si tendrá efecto en los electores, si es que alguno, considerando que la noción remite a aspectos económicos y no evoca nada parecido a las temibles consecuencias de la revolución bolivariana que evocaba -para no pocos chilenos- la sola enunciación de “Chilezuela”. Si esa amenaza requería a un populista de la talla de Chávez para echar raíces en el país, la de “Chilentina” necesitaría un peronismo a ultranza que no tiene ni de cerca un símil en nuestro país. Pero nunca estará demás ponerse en guardia ante semejantes posibilidades, que de esos atolladeros no hay casi escapatoria.

¿”Chilezuela” o “Chilentina”? Lo cierto es que la utilidad de estas nociones es demasiado limitada como para proyectar la trayectoria que podría seguir nuestro país en el futuro próximo. Venezuela y Argentina se han caracterizado por fuertes liderazgos populistas sostenidos en el tiempo. Nada hay en Chile que se aproxime al chavismo o al kirchnerismo peronista. En cambio, lo que hemos tenido es una singular e irrepetible secuencia de 16 años de bachelitismo y piñerismo, que culmina sin herencia ni proyección política -nótese que ambos tienen una bajísima representación en la Convención Constitucional-. De hecho, lo que caracteriza el período que se avecina es más bien la ausencia de grandes liderazgos, de esos que conducen con mano firme los procesos sociales y políticos. Todo indica que Chile seguirá un camino inclasificable hacia un destino que, en todo caso, con altas probabilidades compartirá con las naciones latinoamericanas que han estado a las puertas del desarrollo: la imposibilidad de cruzar una meta que se ha revelado inalcanzable en un vecindario pródigo en pobreza y desigualdad. El canto de Cerati “nada nos libra, nada más queda” se escucha ahora con resonancias que trascienden al ámbito de la música ligera.

Por Claudio Hohmann, ingeniero civil, ex ministro de Estado, para El Líbero

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