El lunes pasado los medios internacionales titulaban que un ultraderechista, pinochetista y fundamentalista católico con oscuros parentescos nazis, José Antonio Kast, había ganado la primera ronda de las elecciones presidenciales chilenas a un moderado representante de la izquierda ilustrada que lee poesía y nueva narrativa latinoamericana, Gabriel Boric.

Nada decían que el “candidato nazi” resultó el más votado en Israel o que triplicó al rival con 40% de los votos en la región de la Araucanía, carcomida desde hace años por el terrorismo indigenista devenido “pueblo originario”. Menos se informó en los medios que lo que se dilucidaba en esta primera vuelta presidencial no es tanto el futuro rumbo del país -puesto que el presidente palidece hoy frente al poder de un Congreso que se ha apoderado de muchas de sus potestades- como dirimir el equilibrio de fuerzas entre las dos tendencias dominantes en Chile: la de la restauración del orden social y económico de Kast que era el faro de Latinoamérica dicho por otros que no por nosotros -cuya prueba más elocuente sea quizás que triunfara en 44 de las 50 comunas más pobres del país- o la de la profundización hacia una deriva populista, que pretende convertir al país en un satélite de ese sexteto perdido formado por Cuba, Nicaragua, Venezuela, Argentina, Bolivia y Perú.

Y es que una de las cosas que está en juego en nuestra política contemporánea es el sentido de las palabras. Algo que no es un problema menor si entendemos que las palabras acaban convirtiéndose en hechos. Basta preguntarle a los habitantes de repúblicas “democráticas”, desde la otrora Alemania del Este a la actual Corea del Norte, en qué se concretaba esa “democracia” en sus vidas.

Desenmascarar y corregir estas estrategias del lenguaje resulta esencial, entre otras razones, porque quienes buscan modificar los significados inciden, desde su activa militancia, en la vida de millones de chilenos. El fenómeno mundial de élites enclavadas y dispuestas a conservar su poder a como dé lugar, combinado en muchos casos con una sociedad empobrecida y dependiente, logró un fenómeno sociológico clave: el de traspasar la moral de los individuos al Estado. Con ese poder de dioses pueden hacer cualquier cosa. No sólo están legitimados para “redistribuir la riqueza”, que esa barbaridad ya no la discute nadie, sino que ahora también regulan las relaciones sociales. Sin ese caldo de cultivo no se podría entender este sistema iliberal, que invade el espacio privado sin que a nadie le llame la atención, que legitima los abusos de poder en nombre del “bien común” y que gracias a esto genera la inseguridad jurídica, sostén de todos los privilegios encubiertos en “derechos sociales” producto de la “exclusión del salvaje capitalismo”.

No es fácil, sin embargo, destapar a los trileros del lenguaje porque no se trata de predicar la falsedad lógica o empírica de sus frases. Cuando están en juego palabras que construyen el significado de aquello a lo que se refieren como  democracia, libertad, presos políticos, fascismo, se trata ante todo de creencias. Y en esto de las creencias no hay consenso. Por ello la batalla cultural es, entre otras cosas, de creencias. Las evidencias que nos parecían incuestionables se han derrumbado (qué es democracia, qué es fascismo, qué es libertad) y pretenden ser “deconstruidas”.

Esto es posible porque la sociedad desistió hace tiempo de la tarea pedagógica de dar razones de lo que entendía por cada cosa. La consecuencia es que el campo mental se ha vuelto sentimental y proclive a cualquier convicción por muy disparatada que nos parezca -el “preso político” es un terrorista asesino de decenas- simplemente por simpatía de ideas con unos u otros y no por análisis de los hechos.

Ante el desplome del comunismo, la extrema izquierda ha manipulado palabras y conceptos para convertir la derrota en victoria; son los filólogos descubridores de la “postverdad”, o sea, “la distorsión deliberada de la verdad”, como dice la RAE. Pero ellos la venden como una verdad más profunda, próxima a sus ideas político-sociales. O sea, una manipulación. Una mentira emotiva, variante de la demagogia, que permite hacer a cada uno lo que le dé la gana, con tal de que se invoque la “justicia social”, que poco o nada tiene que ver con la Justicia auténtica, de los códigos y las leyes, o de los fallos judiciales.

Su principal estrategia es la del lenguaje mediante epítetos e insultos descalificatorios, consignas afines a sus tesis repetidas una y otra vez, y ocultación de datos e información que no les favorece; sus principales focos de irradiación son los medios de comunicación, las universidades, las ‘Big Tech’ dueñas de las redes sociales y Hollywood.

De allí que se esfuercen tanto en condenar a Kast como la “extrema derecha” cuando la realidad demuestra que, siendo un remanido conservador en el campo personal que valora la familia, el país y los sentimientos religiosos, ha demostrado ser tolerante con quien no piensa como él. Y en última instancia pretende reducir el espacio de lo público para que la libertad individual se exprese mejor. Mientras que el “progresista” de Boric no solo alentaba desde su cuenta Twitter ahora borrada a los saqueadores de supermercados del 18-O a continuar su saqueo hasta lograr la renuncia del actual presidente, sino que también suma en su coalición como único partido orgánico al PC que alaba a Kim Jong-Un y a Cuba y Venezuela. Y toda la izquierda política, intelectual y artística que lo acompaña dio basamento discursivo a las protestas delincuenciales del 2019, mintiendo sobre la pobreza, el acceso a la educación y la salud, haciendo inservible demostrar con datos que Chile tiene la mayor movilidad social. Son los mismos que también, de paso sea dicho, se propusieron destrozar el sistema de jubilaciones para convertirlo en la estafa piramidal que es el engendro público argentino.

La derecha -o todo lo que no es izquierda, llámese como se llame- lleva todo este tiempo como un observador ajeno viendo crecer esta narrativa. Sólo es necesaria una amenaza de “estallido social” -otra mentira, el golpe fue político, premeditado y de unos pocos violentos- para que se asuste del qué dirán los cultores de la cosmogonía progresista. También se acobarda del uso legítimo de la fuerza desde el gobierno, traicionando las bases mismas del Estado que le da sustento. Si la amenaza terrorista consiguió un referéndum constitucional hoy en Chile es gracias a la cobardía y el colaboracionismo de las elites políticas que han traicionado a sus representantes. ¿Cómo se llegó del incendio de decenas de estaciones de metro a entender, en cuestión de días, que la solución era la reforma constitucional que se está viviendo?

Proteger la ilusión de quienes ven en el liberalismo de Kast una esperanza frente a la dependencia, la decadencia, la frustración política, el relato engañoso, la falsificación de datos y el consecuente empobrecimiento de la vida es, tal vez, la tarea más importante del flamante ganador. Hacer crecer al pujante sector de la sociedad que rechaza mantras que encubren la dependencia del poder político, otra de ellas. Apoyar el despertar de ese sector que quiere ser libre de tomar sus propias decisiones y a la vez de proteger su vida personal y su patrimonio, por pequeño que sea, del ojo vigilante de los políticos que se creen que saben mejor que los ciudadanos lo que es bueno para ellos también cotiza. Un sector que sorprendentemente traspasa partidos políticos, edades, condiciones socioeconómicas y educativas y que hizo el esfuerzo colosal de comprensión de su realidad económica y política contra viento y marea, y contra el discurso colectivista hegemónico que los viene taladrando desde la sala cuna.

/escrito por Eleonora Urrutia para El Líbero

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