Todavía faltan algunos días para el comienzo del Australian Open, que se iniciará el próximo 17 de enero, pero el torneo ya está en el ojo de la tormenta. El polémico desembarco de Novak Djokovic en Melbourne, a donde llegó con una exención médica y otros documentos que presentan irregularidades, ha generado un gran descontento entre los ciudadanos de un país que aplicó normas muy severas para evitar la propagación del COVID-19.

Una semana después de su llegada y tras un proceso judicial que le resultó favorable, Djokovic finalmente se entrena en las canchas principales del primer Grand Slam del año. Pero mientras Nole intenta llegar en óptimas condiciones al torneo, hay una furia generalizada entre esos habitantes que se han apegado a las directivas del Gobierno para evitar el avance del coronavirus y que actualmente se enfrentan a los brotes impulsados por la variante Ómicron.

En Australia se eliminaron gran parte de las restricciones fronterizas y de distanciamiento social tras un exitoso proceso de vacunación. Si bien la campaña tardó en lanzarse, ahora tienen una de las tasas de vacunación más altas del mundo, con el 92% de las personas mayores de 16 años con esquema completo. En ese sentido, el controvertido arribo de Djokovic ha desatado la furia generalizada.

Al número uno del tenis mundial lo detuvieron cuando aterrizó en el aeropuerto de Melbourne el pasado miércoles por la noche y le cancelaron su visado porque no presentó las pruebas adecuadas para cumplir los requisitos de entrada. Sin embargo, después de pasar varios días en un hotel de refugiados, el juez Anthony Kelly anuló esa decisión y le concedió la libertad para iniciar su preparación para el Abierto de Australia.

El jugador serbio de 34 años, que desde hace tiempo se opone a la vacunación obligatoria, confirmó durante la entrevista con la Fuerza Fronteriza Australiana que no está vacunado y argumentó que su exención médica era posible porque había contraído el COVID-19 por segunda vez durante diciembre del 2021. Y mientras se investigan las posibles discrepancias en su formulario de viajero, con un presunto viaje a España anterior a su llegada a Australia, la ciudad de Melbourne reprueba su estadía.

Los habitantes de la ciudad anfitriona del Australian Open empezaron a mirar con recelo a un Djokovic que se quedó en el país para montar una batalla legal y todavía están dolidos porque ha conseguido cruzar una frontera que durante dos años estuvo protegida por bloqueos estrictos. Según explica Time, miles de ciudadanos australianos no pudieron regresar a casa durante la pandemia y Melbourne ha soportado seis cuarentenas por un total de 262 días desde marzo de 2020.

Una vez que los controles se flexibilizaron, muchos ciudadanos locales pudieron regresar a ver a sus familiares pero siempre se les exigió el comprobante de vacunación para ingresar. La misma política se aplica para la entrada a los no ciudadanos o no residentes, quienes pueden solicitar una exención médica, que en el caso de Djokovic se declaró válida. Aunque la última palabra no está dicha.

Desde la oficina del ministro de Inmigración de Australia advirtieron que todavía estaban evaluado si utilizarán su poder discrecional para cancelar el visado de Djokovic. “En línea con el debido proceso, el ministro Alex Hawke considerará a fondo el asunto”, dijo un portavoz, que no quiso hacer más comentarios por razones legales.

Mientras la polémica se extiende en las calles de Melbourne, donde también hubo alboroto por los fanáticos que celebraron la liberación de Djokovic con banderas serbias frente al hotel donde estaba detenido, lo que también fue utilizado por otras personas para criticar las políticas fronterizas de Australia, la preparación de Djokovic continúa y podría estar en cancha la próxima semana.

Son días difíciles porque, en simultáneo, aumentan los contagios por COVID-19, lo que agota recursos hospitalarios y pone a prueba a las instalaciones médicas. La opinión pública de Australia, sobre todo de Melbourne, que sufrió uno de los confinamientos más largo del mundo, se ha mostrado mayoritariamente en contra del tenista que más veces ha ganado el Abierto de Australia y podría jugar el torneo sin estar vacunado, mientras los fanáticos y el personal que trabaja en el certamen tiene que tener su esquema completo para asistir.

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