Este lunes 18 de octubre se cumple el segundo aniversario de la jornada que dio inicio a la revolución de octubre de 2019. Quizá nos parece que ha pasado mucho tiempo desde entonces, pero la realidad es que han ocurrido muchas cosas desde entonces, demasiadas, y quizá por eso nos parece que se ha producido una aceleración del tiempo histórico. Esto es propio de procesos como el que desencadenaron los acontecimientos de aquel rebelde mes que cambió el curso de la historia reciente de Chile.

Movilizaciones masivas, estallidos de violencia y destrucción, esperanzas en un cambio que para muchos hacía falta y una clase política prácticamente de rodillas caracterizaron las semanas que siguieron a la jornada del 18 de octubre. Pronto llegó la hora de los poderes del Estado: el presidente Piñera anunciando un congreso constituyente, el Acuerdo por la Paz y la Nueva Constitución y un cambio de tono se apoderó de Chile: la crisis se había institucionalizado y el país parecía encontrar un rumbo después de la tormenta.

Hoy Chile, efectivamente, vive un proceso constituyente de una enorme complejidad. Muchos parecen quedarse en los detalles formales de su funcionamiento, en los errores no forzados de algunos convencionales o en la pérdida de tiempo, el reclamo por mayores recursos o el trabajo en torno al reglamento, sin entrar todavía los temas de fondo. Así queda reflejado en algunas encuestas de opinión pública –por ejemplo, en Plaza Pública CADEM o en Criteria– y pone en duda su evolución futura, si bien debería tener un nuevo impulso a partir de ahora en adelante.

De hecho, sin ir más lejos, fue la propia presidenta de la Convención –mujer y mapuche, como se suele resaltar– quien señaló que las sesiones de fondo comenzarían precisamente este 18 de octubre, en un claro simbolismo que recuerda la génesis del proceso que vive Chile en la actualidad. Esa es, sin duda, la primera manifestación del momento vital del país, que ha ido adquiriendo un carácter refundacional y de ruptura no solo con el pasado reciente, sino también con el tiempo histórico de más largo plazo, con múltiples expresiones en la calle y en las instituciones.

Hay muchas expresiones que grafican el momento revolucionario de Chile en la actualidad, y conviene revisarlas someramente, para intentar comprender la situación nacional. El tema de fondo es que Chile hoy es políticamente muy distinto al de antes del 18 de octubre de 2019 y, es muy probable, seguirá viviendo tiempos de cambio durante algunos años. Después de todo, se trató de un golpe muy profundo, la mayor ruptura de la democracia chilena después de 1990 y un quiebre en la comprensión de la historia nacional de los últimos treinta años.

Un primer cambio crucial se ha producido en el corazón del poder político, en la lógica como habían funcionado habitualmente. El Presidente de la República –como institución y el gobernante actual– ha perdido relevancia y liderazgo; en concreto hoy el presidente Piñera enfrente una acusación constitucional y es un mero espectador del proceso constituyente, lo cual es un hecho inédito en la historia. La revolución de octubre, en buena medida, se dirigió contra el gobierno y los resultados están parcialmente a la vista. El parlamentarismo de facto es una especie de golpe blando contra el régimen constitucional y ha tenido diversos sostenedores en casi todos los partidos.

Un segundo cambio se ha producido en relación en los partidos políticos y los grupos de poder. El efecto más visible se pudo apreciar en las elecciones para la Convención Constituyente, cuando las dos coaliciones más importantes de la democracia chilena desde 1990 –la Concertación y la centroderecha– tuvieron derrotas contundentes: Vamos por Chile, como se denominó entonces, no llegó al famoso tercio requerido para ser influyente en la Convención, mientras los partidos de la coalición de gobierno entre 1990 y 2010 prácticamente se desplomaron (a excepción del Partido Socialista). Como contrapartida, la Lista del Pueblo logró elegir 28 convencionales, en su primera incursión electoral, a los que se suman los representantes de los pueblos originarios y grupos independientes. A su vez, no podemos dejar de lado el cambio generacional que ha vivido la política nacional, que se expresa en la irrupción del Frente Amplio y de Gabriel Boric como fuerzas políticas relevantes.

Un lugar principal del proceso revolucionario fue la irrupción de la violencia como forma de expresión política, aunque también en una lógica anarquista y destructiva, especialmente contra pequeñas propiedades e incluso iglesias, con ataques que incluían piedras, bombas molotov, incendios y embates directos. Como ocurre habitualmente en la lógica de este tipo de movimientos, el problema de la violencia tiene al menos dos dimensiones: el uso de la violencia y su justificación política, ambas de radical importancia. El resultado práctico es la descomposición del régimen democrático y de la convivencia cívica.

Este tipo de procesos también se caracteriza por el choque que se produce entre el derecho vigente y el orden institucional contra la primacía de los hechos y ciertas prácticas políticas que superan la Constitución y las leyes. Suele escucharse que la Convención Constituyente ha vulnerado el Acuerdo del 15 de noviembre o que se atribuye potestades que no le corresponden. No cabe duda que es así, y es lógico que así sea: los procesos revolucionarios tienen una trayectoria en la cual las leyes son un estorbo, el orden institucional una rémora que debe pasar al baúl de los recuerdos y la Constitución –“ilegítima” en su visión y como se repite hasta la saciedad– es la encarnación del sistema que debe ser reemplazado. Esa es base de la comprensión de la Convención como “poder constituyente originario”, con poder real, sin límites por parte del poder constituido. Esa lucha seguirá librándose en los próximos meses. Es duro, es molesto, puede ser hasta indeseable, pero es real.

Por último, aunque ciertamente el tema es mucho más amplio y de larga duración, es necesario mencionar el factor utópico, los sueños y las esperanzas que existen en la sociedad, aquellas que estuvieron presentes en las marchas de fines de octubre de 2019, las que se expresaron en el plebiscito de entrada y en las elecciones de mayo de 2021. Todo eso por sí solo no traerá mejores pensiones, una salud digna o una educación gratuita y de calidad. Pero no cabe duda que los momentos de cambio radical tienen un mundo por construir y una época para dejar atrás, y se tejen tanto de promesas como de ilusiones. Para ello es útil el lenguaje (que también tiene sus propias dimensiones de rebeldía y de campo de disputa), los movimientos, las banderas y un amplio aparataje simbólico (Plaza Italia/Plaza Dignidad es un símbolo de esa disputa).

Todo esto estará presente este 18 de octubre de 2021, a dos años de la revolución del 2019, cuando explotó el Chile de la transición y de la democracia posterior a 1990, el mejor Chile de la historia, en términos económicos y sociales. Pero también fue un sistema o una etapa a la cual le llegó su hora terminal, para ser reemplazado de una manera que combina esperanzas y temores, como no se había vivido en esta generación. ¡Qué época estamos viviendo!

Alejandro San Francisco, profesor de la U. San Sebastián y la UC. Director de Formación del Instituto Res Publica. Director general de “Historia de Chile 1960-2010” (USS), para El Líbero

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