Una dura declaración volvió a salir de la oposición, luego que el Minsal reportara cifras superiores a los 9 mil casos nuevos de Covid-19 el jueves pasado. Fue tajante, tildaron los números de catastróficos, sin hacer ningún matiz. Los presidenciables opositores firmantes no consideraron que aunque se trató de 2 mil casos más que en el peak de la primera ola (6.038 el 14 de junio), el 26% se detectó por búsqueda activa y tras practicarse casi 4 veces más exámenes PCR (78 mil versus 20 mil), arrojando éstos cerca de la mitad de la positividad que en el peor registro de la primera ola (11,32% vs 20,75%).

Es que el que le estuviera yendo mal a Chile se presentó como una ofrenda sacrificial para buscar que le fuera mejor a la candidata presidencial del PS, que en marzo ni marcó en las encuestas. Salir a crucificar al gobierno era coherente, además, con la nueva estrategia de endurecimiento que hizo gala Paula Narváez la semana pasada, acusando al Presidente de enriquecerse (luego que se difundiera el ranking de Forbes) “mientras el pueblo se empobrece”. Su remedio, crear el impuesto a los súper ricos y un nuevo royalty minero.

Nada le costó así a la heredera de Bachelet (de quien se quiere distanciar) sumar a los otros presidenciales a la declaración que lideró ella. Felices se acoplaron al golpe los del PPD y el PR, el comunista Daniel Jadue y el frenteamplista Gabriel Boric para plantear nuevamente el “inmenso fracaso de este gobierno en el manejo de la pandemia”, su “irresponsable inacción”. Como verdaderos verdugos, le atribuyeron las muertes. La candidata DC suscribió después la opinión experta de los opositores (parece no haber ningún técnico en el oficialismo) que exige medidas sanitarias. Ellas parten por clausurar a los chilenos en sus viviendas, aunque ello produzca problemas de hacinamiento, obesidad, abusos y depresión. Y, por supuesto, demandan una renta básica de emergencia para todos, para que nadie salga a trabajar (muchos tendrán que hacerlo para que haya algo que llevarse a la boca y atender los enfermos).

No es la primera vez que la oposición convierte en oportunidades políticas desastres para Chile que traen aparejado dolor y temores para gran parte de la población. Si le va mal al país (y sufren por ello los chilenos), a la izquierda le puede ir bien, incluso puede lograr la unidad con la fórmula de atribuirle las tragedias al gobierno. Es lo mismo que hizo después del estallido social. El país se estremecía después de un mes de saqueos, violencia y vandalismo y nada parecía detenerlo. Pero ese escenario de destrucción y terror se convirtió en una oportunidad política que logró unir por primera vez a la oposición. Desde la DC hasta el Frente Amplio, pasando también por el Partido Comunista, emitieron una declaración donde exigían al gobierno lo que supuestamente demandaba la ciudadanía movilizada: “plebiscito, proceso constituyente y nueva Constitución” para cambiar el modelo económico, político y social.

La oposición inéditamente unida rechazaba la propuesta del Congreso Constituyente que ofrecía el gobierno y, tres días después, el 15 de noviembre, obtenía que La Moneda accediera a sus tres demandas: plebiscito, proceso constituyente y nueva Constitución. Era el precio a cambio de la paz, que tampoco llegó. Contrario a sus expectativas, quienes se atribuyeron interpretar a los “ciudadanos movilizados” tampoco lograron imponer sus liderazgos. Es cuestión de mirar las encuestas.

Las próximas elecciones serán la prueba de fuego para esos políticos que se han auto-asignado el rol de representantes del malestar social que estalló el 18 de octubre, la marcha de un millón de personas una semana después y la imperiosa necesidad de cambiar el modelo económico, político y social a través de una nueva Constitución.

Ya sabemos que los que se atribuyen ser la exégesis de la violencia no emergieron como líderes políticos que manejan la grey. Falta conocer si serán efectivamente electos los que promueven la ruptura total con el modelo económico, político y social que dio prosperidad y estabilidad a Chile por casi 30 años.

Por Pilar Molina, periodista, para El L÷ibero

/psg