Donald Trump no está siendo un personaje simpático para el mundo y sus actuaciones amenazan con transformar a Estados Unidos en el “malo” de la escena internacional, alimentando relatos sesenteros sobre el “imperialismo yanqui”, que por acá en Latinoamérica gustan tanto y han causado pobreza, atraso y muerte por la acción de gobiernos de izquierda y movimientos terroristas. Lo peor es que esos aires sesenteros han vuelto (antes de Trump, hay que decirlo) y maltratan duramente a muchos de nuestros vecinos (Venezuela y Colombia) y acechan a otros como Ecuador, Bolivia o incluso Uruguay y Perú.
Quizás lo más antipático de Trump ha sido su postura frente a la guerra de Rusia y Ucrania, pues se ha interpretado como un apoyo a Putin y hostilidad hacia Zelensky; en circunstancias que Putin es un indeseable agresor y Zelensky aparece como un digno líder de la independencia de su país, que los ucranianos anhelan y defienden con su vida.
Trump, en cambio, parece solo pensar en los intereses de su país; no ve con malos ojos tener más cerca a Putin, alejándolo de China; desafía directamente a Europa obligándolos a que la retórica de su defensa de Occidente vía OTAN sea acompañada con hechos (“put your money where you put your mouth” es la gráfica forma de explicarlo de los estadounidenses). Este giro en la política exterior de la Casa Blanca está trastocando lo que suele llamarse el orden mundial.
En relación a Ucrania, varios expertos con pocas simpatías por Trump, como Hernán Felipe Errázuriz y Karin Ebensperguer no obstante, han llamado la atención sobre la responsabilidad de otros actores, en particular los países europeos, en este cambio de posición de los Estados Unidos. Trump los acusa de haber financiado sus estados de bienestar con la plata que se han ahorrado en defensa al dejar a la potencia norteamericana el peso del financiamiento de la OTAN. En un entretenido artículo en la Revista Santiago titulado “El Príncipe Ruso”, Daniel Mansuy comenta el libro “Los Cegados” de la periodista francesa Sylvie Kaufmann, cuya tesis es que la Alemania de Merkel y otros países europeos de Occidente llevan gran parte de la culpa por colaborar, quizás inadvertidamente, con la pretensión de Putin de restablecer su área de influencia al comprarles gran cantidad de gas, que los hizo dependientes de Rusia. Otra referencia imperdible sobre el tema está en el podcast del día sábado pasado de Juan Ignacio Brito en El Líbero. Como puede observarse, el tema de las pretensiones de Putin por recuperar influencia en antiguas repúblicas soviéticas e incluso en Europa no es sólo responsabilidad de Donald Trump, es más complejo y más interesante que eso.
Con todo, uno de los objetivos declarados de Trump es enfrentar el poder de China, que con los llamados “capitales corrosivos” ejerce una influencia cada vez mayor en naciones como Ecuador y Venezuela en nuestro continente y también en países asiáticos y especialmente africanos, como lo ha señalado en una columna en El Mercurio el economista Fernando Claro. La administración de Trump se ha propuesto enfrentar el proteccionismo comercial de China, y de otros países, imponiéndoles unilateralmente aranceles a sus exportaciones a Estados Unidos.
Llegamos así al llamado “Liberation Day”. Donald Trump, anunciaba ayer, antes de entregar esta columna, los detalles de lo que llamó «aranceles recíprocos»; gravámenes sobre las exportaciones de países que él considera que ponen «barreras» comerciales al país norteamericano. Estos serían de aplicación inmediata. Este anuncio ha tenido en ascuas la economía mundial en los últimos días, con muchos mercados, incluyendo el de Estados Unidos, cayendo fuertemente. Una de las razones sería la posible espiral inflacionaria que esta guerra de aranceles podría desatar. Por otra parte, es esperable que la desviación de comercio originada por un aumento de los aranceles afecte la economía mundial. Los voceros de la Casa Blanca han intentado enfrentar los temores de los mercados de distintos países señalando que el presidente Trump sería flexible si se le demuestra que sus socios comerciales no tienen el grado de proteccionismo que se les ha atribuido. Pero un país que produce un 27% del PIB mundial indudablemente causa inquietud con este discurso.
Será en definitiva la reacción de los mercados, que empieza justamente hoy, la que nos relevará las expectativas generadas por el anuncio de Trump. ¿Es esto sólo una demostración más de fuerza de Trump, o es el regreso a una época mercantilista en que los países se protegen de la competencia extranjera, perjudicando así a los consumidores? Si es lo segundo el bienestar económico del mundo se verá afectado, perjudicando a millones de personas, incluyendo a los propios estadounidenses. Más que liberación sería una regresión a tiempos de mucho menor bienestar.
Por Luis Larraín, economista.
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