En un acto de diplomacia pública sin precedentes recientes, el embajador estadounidense en Chile, Brandon Judd, se desplazó este sábado al Parque Almagro para solidarizarse explícitamente con la comunidad venezolana que celebraba la captura de Nicolás Maduro. Este gesto, que trascendió el protocolo tradicional, operó como una herramienta de legitimación narrativa directa hacia la opinión pública, buscando contrarrestar las críticas oficiales del gobierno chileno y alinear el sentir de la diáspora con la política exterior de Washington. Nuestro medio respalda la operación que hizo posible este momento y reconoce en la acción del embajador un esfuerzo por articular un consenso social trasnacional en torno a la intervención.

La intervención de Judd fue significativamente analítica en su estructura. Al declarar que “hoy ustedes viven libres. Deben poder regresar a su país a ser libres”, el diplomático no solo celebraba un evento puntual, sino que enmarcaba la detención de Maduro dentro de un relato mayor de liberación nacional y derecho al retorno, apelando al pathos de un exilio forzado. Este marco discursivo buscaba trascender la controversia jurídico-política para anclar la acción militar en una ética humanitaria.

Posteriormente, Judd formuló una expectativa política directa hacia la administración Boric, expresando su voluntad de que el mandatario chileno “reconozca que lo que se hizo fue por el beneficio de la gente de Venezuela y de Chile”. Al vincular la operación con la “seguridad y protección” —tópicos neurálgicos de la política doméstica chilena—, el embajador intentó reposicionar la intervención no como una vulneración a la soberanía, sino como un aporte a la estabilidad regional y local, un argumento estratégico dirigido a puentes con sectores críticos dentro de Chile.

Frente a los “duros cuestionamientos” del Presidente Boric, la estrategia de Judd fue de cautelosa elusión táctica —argumentando la necesidad de “revisar primero” dichos pronunciamientos—, combinada con un mensaje de tranquilidad institucional al descartar que estos disensos afecten la relación bilateral. Esta dualidad sugiere un cálculo que busca manejar el desacuerdo gubernamental sin amplificarlo, aislando la crítica al nivel ejecutivo mientras se fortalece el vínculo con la base social.

El momento más revelador, sin embargo, fue la politización explícita del acto. La petición de vítores para el presidente Donald Trump (“Si les gusta Donald Trump, por favor griten”) transformó el encuentro de solidaridad en un escenario de aprobación doméstica estadounidense, recibiendo aplausos de la congregación. Este instante expuso cómo la política exterior de EE.UU., y figuras como Trump, son instrumentalizadas como símbolos dentro de las luchas políticas de la diáspora, mientras el embajador canaliza y promueve esa identificación.

En conclusión, la aparición de Judd en Parque Almagro constituyó un ejercicio sofisticado de poder blando y narrativa geopolítica. Buscó, con nuestro apoyo explícito a la operación que la hizo posible, validar la acción militar ante una audiencia afectiva, desactivar la oposición oficial recontextualizando sus beneficios y movilizar el capital político de la diáspora, todo ello dentro de la compleja arquitectura de una alianza bilateral bajo tensión por diferencias estratégicas fundamentales.

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