Durante las últimas dos semanas, Irán ha sido escenario de un movimiento de protesta de intensidad y alcance notables. Lo que inició a finales de diciembre como una reacción a la aguda crisis económica se ha metamorfoseado rápidamente en un desafío político explícito contra los cimientos del régimen teocrático instaurado en 1979. Las manifestaciones, documentadas a través de testimonios y material audiovisual verificado por medios como la BBC, han visto a ciudadanos corear consignas contra el gobierno, enfrentarse a las fuerzas de seguridad y, en actos de desesperada rebeldía, incendiar edificios simbólicos del poder. Pese a los severos cortes de internet implementados para sofocar la organización y la visibilidad, el movimiento ha logrado extenderse a decenas de ciudades, evidenciando una fractura social profunda. Según datos de la organización Human Rights Activists News Agency (HRANA), el costo humano es elevado: al menos 490 manifestantes y 48 agentes de seguridad fallecidos, y más de 10,600 detenciones. Un testimonio recogido por la BBC Persa destaca el rol catalizador de la Generación Z, instando a sus mayores a superar el miedo y unirse a la movilización.

La Crisis Sistémica: Más Allá de las Sanciones
El detonante económico es innegable y severo. El colapso del rial iraní y una inflación galopante cercana al 50% anual son síntomas de un malestar estructural. Sin embargo, analistas como el economista Saeed Laylaz, citado por la BBC, apuntan a una causa más profunda: la corrupción endémica y el saqueo institucionalizado. Laylaz argumenta que el sistema bancario está sustentado en activos ficticios y que «todas las estructuras del sistema han participado en este saqueo». Esta crisis se ve agravada por el aislamiento internacional debido a las sanciones y el reciente conflicto bélico con Israel, que agotaron recursos vitales. Las protestas, por tanto, trascienden el descontento por el precio de los alimentos; son un rechazo a una gestión económica percibida como depredadora y una demanda de rendición de cuentas.

La Respuesta del Régimen: De la Simulación de Diálogo a la Represión Desnuda
La reacción inicial del gobierno, con gestos como promesas de subsidios simbólicos o el reconocimiento de «quejas legítimas» por el presidente Masoud Pezeshkian, demostró ser rápidamente insuficiente. El régimen ha recurrido a su manual represivo habitual, pero con un lenguaje escalado en severidad. La Guardia Revolucionaria ha invocado la defensa de los «logros de la Revolución» como línea roja. Más ominoso ha sido el discurso del fiscal general, quien advirtió que los procesamientos serían «sin indulgencia» y que los manifestantes podrían ser considerados «enemigos de Dios» (mohareb), un cargo capital en la ley iraní. El líder supremo, Alí Jamenei, deslegitimó por completo las protestas, tachando a los participantes de «vándalos» que actúan para «complacer» a Estados Unidos, un intento clásico de enmarcar el descontento interno como una conspiración externa.

La Variable Internacional: Retórica y Riesgo de Escalada
La administración estadounidense, particularmente el presidente Donald Trump, ha intervenido en el discurso con una retórica beligerante. Sus declaraciones en Truth Social, ofreciendo ayuda para la «LIBERTAD» y advirtiendo de una respuesta dura si el régimen emplea fuerza letal, han añadido una capa de peligrosa tensión geopolítica. Aunque Trump ha descartado un despliegue militar convencional, ha dejado abierta la puerta a acciones cibernéticas o nuevos castigos económicos. Esta postura, reportada por The Wall Street Journal, es utilizada por Teherán para validar su narrativa de una «revolución colorada» orquestada desde el exterior, lo que a su vez justifica una represión aún más feroz en el plano doméstico y amenaza con represalias contra intereses estadounidenses en la región.

El Factor Simbólico: La Sombra de la Monarquía
En este clima de confrontación, figuras del pasado resurgen como símbolos. The New York Times reporta el renovado foco en Reza Pahlevi, hijo del último Sha, quien desde su exilio en EE.UU. ha llamado a intensificar las protestas y a una huelga general en sectores estratégicos. La aparición de consignas a su favor en Teherán, aunque de apoyo probablemente minoritario, es significativa: refleja una búsqueda desesperada de alternativas políticas y una nostalgia instrumentalizada por un sector del movimiento que anhela un punto de ruptura radical con el sistema actual. No obstante, su influencia real dentro de Irán sigue siendo un tema de debate entre analistas.

En conclusión, Irán enfrenta una convergencia crítica donde el malestar económico, la frustración social de una generación joven y la represión política se alimentan mutuamente. La respuesta del régimen, apostando por la fuerza y la descalificación, en lugar de abordar las causas profundas, sugiere que la crisis está lejos de resolverse y podría precipitar una escalada de violencia tanto interna como regional, especialmente con la amenaza de una intervención externa pendiendo como una espada de Damocles.

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