Cuando Tomás Asta-Buruaga publicó su mensaje de despedida en redes sociales el pasado 1 de enero, la lectura fue casi unánime: su ciclo en Universidad Católica parecía concluido. El defensor se integraba así a la nómina de salidas en medio de la reestructuración del plantel cruzado, y su publicación fue interpretada como el cierre definitivo de una etapa.

No obstante, el fútbol —y en particular el mercado de pases— rara vez responde a certezas absolutas.

Durante las siguientes 288 horas, el escenario comenzó a mutar silenciosamente al interior del club. Mientras el plantel avanzaba en la planificación de la temporada 2026 y se ajustaban decisiones estructurales, la situación del zaguero volvió a instalarse en la mesa de análisis. Conversaciones internas, evaluaciones deportivas y una revisión más fina del equilibrio del plantel reabrieron una puerta que, hacia afuera, parecía definitivamente clausurada.

El desenlace confirmó ese giro. Universidad Católica y el jugador alcanzaron un acuerdo para extender su vínculo hasta el 31 de diciembre de 2026, sellando una continuidad que, días antes, lucía improbable. La renovación no solo modificó el destino inmediato del futbolista, sino que también operó como una señal explícita: su futuro aún encajaba dentro del proyecto deportivo del club.

En este punto emerge el factor decisivo que explica el cambio de rumbo. La nueva conducción técnica manifestó su interés en contar con Asta-Buruaga, valorando su experiencia, conocimiento del medio y su aporte tanto para la competencia local como internacional. Esa convicción resultó clave para destrabar las negociaciones y revertir una salida que parecía irreversible.

Así, en menos de dos semanas, Tomás Asta-Buruaga pasó de despedirse públicamente de Universidad Católica a proyectar un nuevo capítulo con la camiseta cruzada. Un episodio que vuelve a confirmar una regla no escrita del fútbol: nada está completamente cerrado hasta que el mercado dicta su sentencia final.

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/José Pablo Verdugo