Durante décadas, la exploración espacial se centró en cohetes, trajes y sistemas de soporte vital. El cuerpo humano era visto como un pasajero resistente, capaz de adaptarse con entrenamiento y disciplina. Sin embargo, esa visión comenzó a transformarse con la permanencia prolongada de astronautas en la Estación Espacial Internacional (EEI) y el avance de los estudios médicos.
El cerebro en microgravedad: un órgano que se desplaza
Nuevas investigaciones revelan que los vuelos espaciales no solo modifican la postura y el equilibrio, sino que desplazan el cerebro dentro del cráneo, generan deformaciones no lineales persistentes y alteran regiones sensoriales y motoras. Un estudio publicado en PNAS muestra que, tras un vuelo espacial tripulado, el cerebro no regresa exactamente a la posición original. Las resonancias magnéticas evidencian un movimiento hacia arriba y hacia atrás, acompañado de rotaciones sutiles.
- Las regiones motoras y sensoriales presentan los cambios más marcados.
- Cuanto más tiempo en órbita, mayor el desplazamiento. En misiones de un año, la corteza motora suplementaria mostró el ascenso más pronunciado.
- El equilibrio se ve afectado. La magnitud del desplazamiento en áreas multisensoriales se correlaciona con la pérdida de estabilidad al regresar a la Tierra.
Aunque parte de la recuperación ocurre en los seis meses posteriores al aterrizaje, ciertas deformaciones persisten más allá de ese período, planteando dudas sobre la reversibilidad del sistema nervioso humano.
El cardiólogo y genetista estadounidense Eric Topol destacó los hallazgos en la red social X: “Los humanos no están bien preparados para los vuelos espaciales prolongados”.
El lenguaje molecular de las células también cambia
Mientras el cerebro se reacomoda, las células humanas expuestas al entorno espacial reescriben su programación molecular. Un experimento publicado en Science cultivó células directamente en órbita y comparó su comportamiento con muestras idénticas en la Tierra.
El análisis del ARN mensajero (ARNm) reveló alteraciones en genes vinculados a la contracción muscular, el sistema cardíaco, el sistema neuronal y la percepción sensorial. Los resultados mostraron:
- Modificaciones en redes críticas como el metabolismo de retinoides, la señalización adenosina/CREB y la actividad de receptores glutamatérgicos.
- Reducción en la transcripción de genes de reparación del ADN, un hallazgo preocupante en un entorno con radiación ionizante elevada.
- Efectos combinados de microgravedad y radiación, que fuerzan a las células a adaptarse y dejan una huella molecular del estrés biológico en órbita.
Riesgos y oportunidades
Los cambios observados explican por qué los viajes espaciales pueden acelerar procesos asociados a enfermedades crónicas que en la Tierra se desarrollan lentamente. En semanas o meses, las células muestran patrones comparables a patologías cardíacas, neurológicas y musculares.
El espacio, así, se convierte en un modelo biológico extremo:
- Riesgo, porque expone los límites de la biología terrestre.
- Oportunidad, porque permite observar procesos acelerados y descubrir nuevas dianas terapéuticas mediante inteligencia artificial y enfoques multiómicos.
Conclusión
Las misiones prolongadas a la Luna o Marte no solo representan un desafío tecnológico, sino también biológico. El desplazamiento cerebral persistente y la reconfiguración molecular de las células dejan claro que el cuerpo humano no evolucionó para vivir fuera de la Tierra.
Cada centímetro que el cerebro se mueve y cada gen que se altera en órbita son piezas de un mismo rompecabezas: entender cómo la vida humana se adapta —o no— al espacio profundo.
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