La advertencia lanzada este domingo por el presidente iraní, Masud Pezeshkian, no es un simple comunicado diplomático, sino la enunciación de un dogma de supervivencia del régimen teocrático. Al afirmar que cualquier ataque contra el líder supremo, el ayatolá Ali Khamenei, “equivale a una guerra total contra la nación iraní”, Teherán eleva a su máxima figura a la categoría de línea roja absoluta, fundiendo en un solo cuerpo la identidad del estado y la de su guía religioso. Esta declaración, publicada en la red X, constituye una respuesta directa al llamado del expresidente estadounidense Donald Trump, quien instó a buscar un “nuevo liderazgo” para Irán y calificó a Khamenei como “un enfermo que mata a su pueblo” en una entrevista con Politico.
El escenario que precipita este intercambio es de una profunda crisis interna y un creciente aislamiento. Mientras el sábado miles marchaban en capitales europeas como París, Londres, Madrid y Lisboa en rechazo a la represión de la república islámica, el propio Khamenei descalificaba a los manifestantes como “delincuentes” y acusaba a “criminales nacionales e internacionales” de estar detrás de los disturbios. Esta narrativa, que responsabiliza sistemáticamente a actores externos, busca ocultar el malestar doméstico frente a una brutal campaña de represión.
Las cifras de la violencia estatal, sin embargo, hablan por sí solas y desmienten la versión oficial. Según la organización de derechos humanos HRANA, con sede en Estados Unidos, la cifra de personas asesinadas por las fuerzas del régimen asciende a 3.308, con otros 4.382 casos pendientes de verificación, e incluye al menos 22 menores de edad. Estas estadísticas fueron corroboradas de manera indirecta por una fuente anónima iraní que reveló a Reuters la verificación oficial de al menos 5.000 muertes durante las protestas, incluyendo unos 500 miembros del personal de seguridad, y señaló que los episodios más letales se concentraron en las regiones kurdas del noroeste.
La pregunta sobre un posible “segundo asalto” militar de Estados Unidos e Israel contra Irán se cierne sobre la región. Sin embargo, el régimen ha demostrado una férrea capacidad de cohesión represiva. A menos que se produzca una fractura insondable dentro de la Guardia Revolucionaria o un colapso interno, la estructura de poder alrededor de los ayatolás parece destinada a sobrevivir, aunque debilitada como nunca. La advertencia de Pezeshkian es, en esencia, el último recurso de un sistema que, ante la presión externa y el descontento popular, se atrinchera detrás de la figura sacralizada de su líder supremo, preparando el terreno para justificar una represión aún más feroz o una confrontación regional bajo la bandera de la defensa nacional.
- Esta noticia fue redactada utilizando los adelantos técnicos propios de este sitio web. Se acepta cualquier reproducción en otro medio, ojalá citando la fuente:www.eldiariodesantiago.cl
/gap



